“Mujer con violoncello”

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“Mujer con violoncello”

xeeeeeeella toca el violoncello en la calle de tierra y la gente del pueblo apenas la mira, porque desde hace años eso sucede cada atardecer y a nadie se le ocurre interrumpir el concierto de la mujer del alemán y decir que se trata de la costumbre de una loca.

No; salvo que algún turista pregunte por qué hay una mujer tocando el violoncello en la calle de tierra. Entonces, si uno tiene ganas, le cuenta la historia. Y si no, mira hacia las montañas cubiertas de nieve y guarda el secreto, que es lo más prudente, lo que se debe hacer en familia.

Porque en verdad los forasteros entienden poco de estas cosas, de la gente que enloquece cuando sopla el viento del sur y uno se queda durante horas con su pensamiento. Son cosas que ocurren: uno está cardando lana o manejando la sierra del aserradero o… no importa lo que haga, de pronto, uno, como la loca del violoncello siente el vacío, la soledad de quedarse quieto mientras sopla el viento del sur.

No es fácil. Uno puede soñar cualquier delirio, extraviarse como esa pobre mujer mientras los hombres del hotel (el viajante, el escribano, el geólogo) hacen apuestas sobre cuándo dejará de tocar, cuánto tiempo estará allí antes de que el alemán la levante suavemente (a ella y su instrumento) y la lleve a su casa, esa cabaña de madera que está junto al aserradero, donde el alemán trabaja todo el día.

Buen hombre el alemán, muy trabajador. Lástima su mujer, dicen los hombres que hacen apuestas y juegan a las cartas y oyen las noticias de la radio, el informe del tiempo y el precio de los animales. Buen hombre, sí. Pero no era a él a quien quería la mujer, sino al otro. Al cantante, ¿se acuerdan? No; ya nadie se acuerda de aquel ignoto cantante de ópera que estuvo dando conciertos en el sur, enamorando a las muchachas; no pueden precisar el año en que la viuda escapó con él, rumbo a Chile.

Mujer muy rica la viuda, confirma el suizo que sirve las ginebras. Sopla el viento del sur y hay pocas cosas que hacer en el pueblo, así que los hombres escuchan el relato del suizo e imaginan a la mujer cuando llegó, con sus valijas, su baúl, el violoncello. Yo recuerdo ese día, cuenta el telegrafista que acaba de entrar al bar del hotel. Ella era muy joven y apenas si sabía hablar en castellano.

Envió un telegrama a Buenos Aires, pero nadie le respondió. Durante un mes, estuvo mandando telegramas a diferentes partes del mundo. Así supe que ella era una concertista famosa. No, no quería volver, antes tenía que encontrar a ese hombre, al cantante de ópera que la había abandonado. En la radio, informan que el camino hacia la cordillera está intransitable por la nieve.

Hace frío aquí, en la calle de tierra donde la mujer toca el violoncello. Será mejor que venga el alemán, que se la lleve. Y pensar que esa mujer cruzó la cordillera con una recua de mulas, buscando al hombre que había perdido, gritando el nombre de ese infeliz. Fue allí donde enloqueció, en ese viaje, en esa inútil expedición que casi le cuesta la vida. El suizo comenta que las cosas no fueron del todo así, que la locura no vino de golpe, sino de a poco.

Después del viaje, la mujer buscó trabajo como maestra de música. Los domingos, tocaba el armonio en el templo de los protestantes. Pero a veces se distraía, olvidaba sus manos en el teclado o comenzaba a cantar el aria de una ópera, interrumpiendo el sermón del pastor. El amor es imprudente, amigos, dice el escribano. Uno recuerda la belleza de la mujer antes de la enfermedad; otro, el asedio de los hombres. Pero eso ocurrió hace mucho. Ahora es una anciana. Si uno se acerca, puede ver sus arrugas, el rictus de la boca que sigue pronunciando el nombre del cantante.

Porque el amor es absurdo, dice el geólogo y pide otra ginebra. Sopla el viento del sur. Los hombres del hotel se acercan a la ventana y miran ese cuerpo muy flaco que parece crucificado en el violoncello. Quieren pensar en otra cosa, quieren olvidarla. Como si uno, cualquiera de nosotros, fuera el culpable de esa desdicha. No, son cosas que ocurren en cualquier lugar, no sólo en este pueblo.

Aunque las mujeres dicen que cuando sopla el viento del sur y los hombres están lejos, jugando a las cartas, ellas sienten ganas de morir, de saltar por las ventanas, de sentarse en la calle de tierra para oír a la loca del violoncello. En verdad, es muy difícil saber si alguien oyó su música.

Porque aquí lo único que se oye es el viento. Sí, yo la escuché —recuerda el suizo— fue antes de que agravara su enfermedad, cuando daba conciertos en las kermeses benéficas y en el viejo teatro que después transformaron en cine. Me acuerdo bien. La mujer no estaba del todo en sus cabales, pero parecía contenta. Antes de tocar, tomaba su vaso de bromuro y un té de boldo.

Así salía al escenario. Entrecerraba los ojos y comenzaba su concierto. Es cierto: a veces lo interrumpía a los cinco o diez minutos y otras seguía tocando cuando la gente ya había abandonado el teatro y sólo quedaba el alemán, el único melómano del pueblo. Los demás, debo reconocerlo, nunca fuimos demasiado exigentes con los artistas que llegaban de Buenos Aires.

Pero no nos gusta que los forasteros se burlen cuando ella está tocando. No, eso no está bien. Es lo que pensó el alemán cuando los muchachones se rieron al verla dormida junto a su violoncello. El hombre la defendió de los insolentes y la levantó con suavidad (a ella y su instrumento) y supo que la quería, aunque ella siguiera pensando en el cantante de ópera. Un juez de paz les concedió el permiso y se casaron. Desde entonces, viven en la cabaña, junto al aserradero.

Y cada atardecer, desde hace años, vienen al pueblo y la mujer pone una silla en la calle de tierra y toma su violoncello y comienza a tocar. El alemán, que la trae en el jeep, aprovecha el tiempo y hace algunos trámites o viene a charlar con nosotros, al bar del hotel. Ya viene el alemán.

Camina hacia su mujer, que sigue tocando el violoncello. Solo, en medio de la calle de tierra, el alemán aplaude. Ella escucha el aplauso de la sala y sabe que ha sido una hermosa función la de esta noche. Saluda con la mano a sus admiradores invisibles.

Entonces el alemán ofrece su brazo a la joven concertista y la lleva hasta el jeep. Carga la silla y toca dulcemente con el arco al violoncello sin cuerdas. Como todas las tardes. Es algo que la gente del pueblo sabe que va a suceder; a nadie le asombra. Pero siempre hay algún turista que pregunta por qué hay una mujer tocando el violoncello en la calle de tierra. Entonces, si uno tiene ganas, le cuenta la historia.

Pedro Orgambide, de su libro “Cuentos con tangos y corridos”.

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