El Pontífice

“Nuestros hermanos y hermanas están ahí desde el amanecer de nuestras historias personales hasta la inevitable oscuridad”.  Susan Merrell.

Cihuri_Puente_romano_sobre el río Tirón.

Puente romano sobre el río Tirón, Cihuri (La Rioja).

El Pontífice

xEEE42n un lejano poblado próximo a las altas montañas, dos hermanos Jonuel y Laureano despedían a su anciano padre que moría envuelto en una paz completa. A los pocos días, la herencia fue dividida y nacieron dos haciendas de lo que anteriormente era una sola tierra. Al paso de los años, ambos hermanos habían ya desarrollado sus respectivas vidas y reinaba entre ambos un espíritu de colaboración y vecindad sincera. Los hijos de las dos familias crecían unidos y en las fechas importantes, unos acudían a la casa de los otros para celebrar los regocijos propios de las fiestas. Podía decirse que la concordia y la fraternidad reinaban entre aquellos dos hermanos de alma grande y serena. Pero sucedió un día que un mal entendido de apariencia insignificante que podía haberse apagado en un instante, generó tal aspereza que, como fuego arrasador, inundó a los hermanos en separación y discordia. Al poco, el silencio tenso y el reproche bronco iban y venían entre aquellas dos tierras. Cada día que pasaba era más evidente que faltaba aquella alegría de los buenos momentos pasados y del mutuo apoyo en las tristezas. Pasó un tiempo y de pronto, un día cuando Laureano se levantó al alba, cuán grande fue su sorpresa al ver como el río había sido desviado de su curso y ahora pasaba fronterizo dividiendo aún más las dos tierras. “¡Maldito estúpido! ¡Has ido demasiado lejos en esta declaración de guerra!”, masculló con amargura. Fue entonces cuando su enfado todavía se hizo más virulento, llegando a prohibir tajantemente a sus hijos mirar o hablar con cualquier miembro de la otra casa.

El tiempo fue pasando y, con él también crecía el resentimiento ya dueño y señor de las dos almas. Así las cosas, de pronto, una mañana Jonuel descubrió que durante la pasada noche, Laureano había levantado una gran verja de madera que junto a la orilla del río todavía dividía más a las dos tierras. Los hermanos comprobaban incrédulos como la bola de nieve de odio y vergüenza seguía creciendo sobre lo que un día atrás fueran sonrisas y hermosas promesas. Así llegó el invierno y tras él la primavera, hasta que una tarde a la puesta del sol, se presentó en casa de Laureano un viajero que afirmaba ser carpintero. Josuá que así es como se llamaba pedía trabajo a cambio de comida. Josuá decía que tras arreglar los desperfectos que hubiera en el lugar seguiría la senda que llevaba. Y dado que parecía un buen hombre no exento de habilidades y ganas, Laureano se decidió a contratar sus servicios y reparar la casa. Aquella noche de apariencia como todas, nadie imaginaba lo que Laureano vería al levantarse al día siguiente por la mañana. Por lo que vio, aquel carpintero, por su cuenta y riesgo, se había dedicado a construir un puente de madera que cruzaba el río, y al parecer no contento con eso había abierto una gran puerta en el muro que dividía ambas haciendas. ¡Maldito imbécil! exclamó. No podía creer lo que sus ojos veían al tiempo que sintió colérico un latigazo de ira. Sin titubear, se dirigió con paso rápido y amenazante hacia el carpintero, maldiciendo el despropósito de su llegada. Al aproximarse al trabajador que se hallaba junto al río ¡Sorpresa! ¿qué vieron sus ojos? Su propio hermano avanzaba hacia él cruzando el puente con los brazos abiertos y su rostro empañado en lágrimas:

“Querido hermano. Perdona mi orgullo y la terrible miseria que han envuelto tantos años a mi alma atribulada. He vivido en el odio y la desconfianza, hasta que hoy, de pronto, al despuntar el alba, he visto que habías construido un puente y que habías abierto una gran puerta. Una puerta que no sólo he sentido que abría la valla que separaba nuestra tierra, sino también lo más profundo de mi alma acorazada. Hermano, tu gesto me ha conmovido, tu iniciativa ha disuelto lo que atenazaba mi corazón de rencor y desconfianza. ¡Perdóname hermano¡” Laureano atónito, escuchaba aquellas palabras que como música reparadora suavizaban la seca aridez de sus íntimas moradas. Y conforme Jonuel lo abrazaba compungido, Laureano sentía que una extraña rendición abría su pecho, mientras viejas heridas sanaban. Laureano sentía como aquellas lágrimas de su hermano barrían miedos soterrados que habitaban más allá de sus infancias. Aquella noche, agradecido por el curso de la vida, se dirigió a la habitación del carpintero para pedirle que continuase trabajando en la casa. Al llegar, comprobó que éste había recogido sus cosas y que se disponía a seguir su marcha. Las miradas de ambos se encontraron, y ya no hubo palabras, el corazón de Laureano sabía que Josuá seguiría adelante hacia otras tierras. Laureano comprendió que muchos ríos de separación y violencia esperaban a aquel constructor de puentes, todo un “Pontífice” que convertía la guerra en cooperación fraterna.

José María Doria, en su obra relatos eternos para aprender a aprender.

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