Johanes el de Bargota y sus fantásticos viajes

“Creo que en los países civilizados ya no quedan brujas ni brujos, magos o hechiceras. Pero el caso es que el País de Oz nunca fue civilizado, pues estamos apartados de todo el resto del mundo. Por eso es que todavía tenemos brujas y magos”. Lyman Frank Baum, en su libro “El maravilloso mago de Oz” (1900).

Cuatro Brujas. Alberto Durero. 1497. Nationalmuseum. Nuremberg. Alemania.

Cuatro Brujas (1497), grabado de Alberto Durero. Museo Nacional de Nuremberg. Alemania.

Johanes el de Bargota y sus fantásticos viajes

Al hablar de la brujería dentro de la región riojana, bien merece un comentario especial el brujo de Bargota. Nació en la localidad navarra de Bargota, situada en las inmediaciones de Viana. Su figura, hacia mediados del siglo XVI, se vería envuelta en fantásticas y extrañas narraciones,. pronunciándose su nombre con angustia y terror en reuniones lugareñas que se hacían en las «candiladas» o por motivos festivos en las «chocolatadas» o «pajadas».

Evoquemos un escenario… En las viejas casonas; aisladas en el campo con sus duros e intransitables caminos, sus moradores se reunirán en pequeñas tertulias, quizás como defensa hacia un temor a lo desconocido; allí, a la luz de la débil llama producida por el arder de la leña, surgirán historias, leyendas y tradiciones; como cuentos de horros. ¡ ¡Se dice ! !. Y al mirar al exterior una profunda oscuridad: La noche penetraba en el valle vasco-navarro-riojano. En la lejanía las montañas dibujarán extrañas siluetas. De lejos los árboles adoptarán figuras humanas, que con extraños mantos se cubrirán de vagas y desdibujadas formas: es el comienzo del reino de la oscuridad.

Los labradores, ya en sus humildes moradas quedarán envueltos en sombras y silencio; solamente esa débil luz de las llamas distinguida por toscas puertas o mal cerradas ventanas, será señal de la existencia de una vida; pero ahora envuelta en el fabuloso mundo de las brujas y demonios.

 

¿Quién fue el brujo de Bargota? Su nombre de pila era Johanes; al parecer descendía de acomodada familia en cuya casa, situada en la calle que posteriormente se denominaría Juan Lobo, no faltarían títulos ni blasones. Su vida habitual la desenvolvía en el ejercicio de sus funciones de clérigo de la iglesia parroquial de Bargota y cultivo de las pequeñas fincas que poseía en la localidad de Viana y en las orillas del Ebro, en la proximidad de Logroño. Su vocación religiosa se encontraba absorbida por su afición a la magia; su espíritu vivo e inquieto se vería turbado con la lectura de libros sobre dicha materia. Esta tendencia desmedida a la nigromancia y la magia se acrecentó en su estancia en Salamanca, frecuentando sus famosas cuevas que Alarcón supo inmortalizar en sus versos al escríbir:

 La parlera fama, allí
ha dicho, que hay una cueva
 
encantada en Salamanca,
que mil prodigios encierra:
que una cabeza de bronce
 
sobre una cátedra puesta,
la mágica sobrehumana
en humana voz enseña:
Que entran algunos a oirla,
 
pero, que de siete, que entran,
 
los seis vuelven a salir
y el uno dentro se queda.
..

Estos estudiosa la magia; no resultaban sorprendentes. ¿Acaso podemos negar que en el siglo actual las misas negras, las religiones ocultas y la magia no continúan teniendo personas que les rinden culto fervoroso? La simple lectura de la prensa diaria nos dará la mejor respuesta. Impulsados por simples banderas de inadaptación a tradicionales normas sociales, o alucinantes efectos de las dro- gas, numerosos hombres y mujeres participan en las ceremonias más extrañas.

Pero sigamos nuestra historia apartándonos de divagaciones y retornemos nuevamente al Bargota de aquellos años, sumido en el silencio de la noche…, de pronto los vecinos verán interrumpido su sueño por el ruido de unos pasos. ¿Quién cruza el pueblo a unas horas tan intempestivas? ¿Brujos? ¿Ladrones? A la luz de la luna contemplarán una estirada silueta, cubierta con amplio sombrero, que atraviesa apresuradamente la calle. En días sucesivos se repetirá la aparición, pero el paseante nocturno irá cubierto con el manto de un lobo o extrañas indumentarias.
Todas las miradas apuntarán a Johanes identificándole como autor de tales hechos. La ignorancia y credulidad de unos se conjugaba con las narraciones que el propio Johanes hacía a sus convecinos. ¿Quién veía nieve de los montes de Oca (separan La Rioja -suroeste- y Burgos) en el sombrero de Johanes? ¿Quién le contemplaba desapareciendo en la lejanía en una nube que se iba alejando envuelta por la niebla del Ebro? ¿Quién desorbitaba personales manías y rarezas de Johanes en increíbles fantasías? Creo que dos circunstancias se armonizaban: las mismas narraciones que hacía Johanes a sus convecinos en su vanidoso deseo de sentirse protagonista de un mundo alucinante, con las creencias de quienes le escuchaban que seguidamente, en sus reuniones -especialmente en las «candiladas»-, lo transformarían en fabuloso personaje envuelto en un mundo de «encantamiento» y «brujería».
Un día los hombres del pueblo hablaban sentados en un duro banco de piedra, a la sombra de un árbol. La conversación era tranquila. En la puerta de la iglesia apareció la figura de Johanes, que con paso reposado se encamina al lugar donde se hallaban sus vecinos.

– ¿Cómo estás, amigo Johanes?, le preguntó un joven de cara redonda, con una sonrisa no exenta de cierta ironía.

– Bien.

Fue una respuesta sin ganas, como si en aquel momento no le agradaran esas conversaciones que en otros momentos mantenía locuazmente con sus convecinos.

– Es extraño, hermano. Hoy no quieres contarnos nada. ¿Sabes qué habládurías dicen de ti por el pueblo? Que por las noches vas a los aquelarres en Codes y Logroño.

Johanes no hizo el menor gesto en su demacrado rostro. Y con voz fría contestó:

– ¡Ah!, estúpidos incrédulos, que solamente pretenden hacer mi vida imposible.

Levantó la mirada al cielo y dirigió su mano en dirección a las negras nubes que se divisaban en la lejanía.

– Con esas nubes me trasladaré a mis fincas en Logroño. i Ah, qué tranquilidad para mí…! ¡ Oh…!

Y sin finalizar sus palabras se alejó apresuradamente.

Los aldeanos le observaron en silencio; pronto su figura desapareció al final de una estrecha calle.

La conversación sostenida no había podido ser más simple y, sin embargo, ahora se hablaba en el pueblo de Johanes y sus extraños viajes.

Ciertamente podríamos llamar a Johanes «el brujo enamorado de la Rioja». Sus verdes valles, caudaloso Ebro, desafiantes montañas, con sus cumbres cubiertas de nieve, fueron escenario de sus imaginativas andanzas.

– ¿De dónde viene Johanes?, le preguntaron sus convecinos.

Un breve silencio y con voz pausada contestará:

– Acabo de pasar unos momentos en los montes de Oca -y exclamará-: ¡EI frío era aterrador!

Un día lluvioso del atardecer del mes de diciembre, cuando la oscuridad invadía el pueblo, al volver a su domicilio levantará los brazos con frenesí y gritará con voz febril:

– ¡ Oh, gracias, mi nube prodigiosa, que me libraste del frío del río! ! ¿Es que no podemos ir más lejos?

Estas palabras se escucharán por sus convecinos con muestras de asombro. Después Johanes continuará su camino en silencio.

En la casa una puerta se abrirá. Volverá la cabeza y quedará inmóvil durante un largo momento. De repente desaparecerá en las sombras de la noche.

– i i Oh, hombre misterioso! ! , repetirán los hombres del lugar. En sus casas comentarán las rarezas, visiones y fantásticas narraciones de Johanes. Los niños le observarán con una curiosidad envuelta en el terror y las mujeres hablarán de un «brujo endemoniado» con una primera impresión de terror, que luego pasará a ligero escalofrío.

Johanes caminará por las estrechas calles del pueblo. Se tropezará con un viejo de la localidad, y con una mirada puesta en la lejanía, le contará historias nacidas de su mente imaginativa. Será el propio Johanes el que irá creando «el brujo de Bargota». Su fantasía se transformará en una falseada realidad.
El investigador don Agapito Martinez Alegría, realizó un minucioso trabajo sobre el «Brujo de Bargota» y cuenta ese «decir de las gentes» de que «Johanes, merced a la magia aprendida en Salamanca, después de acabado el divino oficio matutino, montaba en una nube, cubriendo su cuerpo con una capa especial, que le hacía invisible y en un santiamén se trasladaba a las orillas del Ebro, en donde radicaban casi todas sus heredades, o a las afueras de Viana, donde poseía pocas, pero eran sus mejores fincas. En el verano, cuando amanecía el día radiante, sin lluvia alguna, subía a lo más alto del cerro, desde donde el Ebro se divisa y aspiraba con toda la fuerza de sus pulmones, y como el imán al acero, atraía hasta sus pies un núcleo de aquella niebla, que sémejaba gigante bellón de blanca lana; sentábase sobre sus transparentes guedejas, se ocultaba en su capa invisible y al instante la niebla se restituía a su madre y Johanes, apeándose, ponía el pie en las márgenes del río.
Relata el señor Martinez Alegría que alguna vez que Johanes venía calzado con botas de montar, cubierto de barro hasta la rodilla y con el manteo salpicado también de lodo, al pasar decía entre dientes: «Aquello no es el prado de Cantabria; aquello es el barrizal del infierno»; los que le oían se santiguaban escandalizados y se decían al oído: «Ya viene del aquelarre de Viana; perdónalo, Señor, porque no sabe lo que hace».
«En cierta ocasión en que el 16 de agosto cayó en domingo, se presentó, como siempre, en el atrio un minuto antes del introito de la Misa solemne, después que los demás Beneficiados habían cantado solemnemente la «Hora de Tercia».
Al verle sus convecinos, unos se rieron de él y otros se espantaron: Traía el sombrero y la parte superior del manteo cubiertos de nieve.
Como notara Johanes los aspavientos que a su paso hacían, se fijó que, en su precipitación, habíase olvidado de sacudir su ropa antes de entrar en el pueblo, como lo hacía otras veces, y agitando su sombrero y manteo en la misma puerta del templo para quitarles la nieve, exclamó con voz que todos oyeron:

– ¡¡ Ay, qué diablos !!…, ¡¡¡cómo nieva en montes de Oca!!!…».

Realmente estas inverosímiles historias nacían de las narraciones que el propio Johanes contaba a sus convecinos y lo que era producto de su imaginación y extraviadamente se transformarían en hechos que circularían con temor por el pueblo.
En la época de invierno y cuando el tiempo impedía sus diarios paseos, Johanes se encerraría en su aposento y quedaría extasiado en la lectura de los libros de magia entonces  en boga.
Agapito Martínez Alegría, en su mencionada obra El brujo de Bargota, también habla de las relaciones de Johanes con Juan Lobo, que capitaneaba una cuadrilla de bandoleros teniendo amedrentada a toda la comarca. Cuenta que «una tarde salió Joan Lobo a saltear el camino de la Espina de Azuelo por donde debian volver los pobres arrieros, que en Logroño vendieron sus cargas de trigo.
Un pastor de aquellos montes los divisó, avisó a Torralba, y pronto se organizaron más de veinte cofrades; cargaron sus arcabuces y se dirigieron en persecución del temible capitán, que en su huida al verse cercado se decía que pasó la noche con Johanes, quien le prestó su capa invisible y desapareció sin ser visto.» Otras personas señalaban que:

«Que la Seña ama de Johanes, se habia dejado decir que su «mercé» el amo, y su «huespede» habianse encerrados en el cuarto de los «ingüentos» y convertido el bandolero en gato negro, habia escapado por el campo…».

Y «que varios pecheros habían visto aquel dia atravesar velózmente sus fincas un enorme gato de color negro y brillante como la seda». «Que un pastor de Espronceda persiguió a un gato de pelo largo y untoso, el cual metiéndose entre sus cabras las llevaba espantadas por los cerros y despeñaderos en las que algunas perecieron… que habiéndole dado un fuerte garrotazo dejóle tendido y casi muerto en el suelo, y queriendole acabar dióle un segundo golpe, que le reanimo y volvio a su estado sano y natural, huyendo con gran espanto del pastor, el cual penso y reflexiono despues que el gato no era gato, sino bruja, y que debio darle «uno, tres o cinco» garrotazos, es decir, en número impar, para poderle hacer el mal que deseaba…».
Otra narración de Martínez Alegría cuenta que en los últimos días del mes de abril de 1599 la Cofradía de Arcabuceros de Torralba creyéndose burlada por la magia de Johanes denuncíóle a la Inquisición de Logroño, la cual mandó dos de sus ministros, con el mandato expreso y terminante de prenderle y conducirlo preso a las cárceles de la ciudad. Llegados a Bargota, para que nadie se apercibiera y pudieran avisarle, evitando así que los mismos ministros fuesen víctimas de algún juego de prestidigitación, llamaron a la puerta del clérigo; bajó para abrir aquella ama setentona que le cuidaba, que empezó a temblar de pies a cabeza al ver a los ministros de la Justicia.
Sacó tranquilamente Johanes, del canuto, el rollo de papel amarillento, que contenía la orden de aprehensión; calóse unos quevedos llenos de soldaduras, y, leído, lo arrolló, volviendo a introducirlo en el tubo de metal, y les dijo:

«Bien pueden ver vuesas mercés que un clérigo ha de presentarse, en hábito decente, ante el Iltmo. Inquisidor y magüer la ropa, que encimo llevo, no tenga tantos girones como higo bien maduro, pero bien notan vuesas mercés que tiene más zurcidos que esclavina de tuno: dejen, pues, que suba y trueque esta ropa por la del día del incienso». (Mientras esto decía su imaginación tramaba una huida salvadora por la poterna trasera).

«Déjese vuesa mercé de adecentamientos y por los clavos de Cristo, síganos presto, que en su prendimiento, acaso va nuestra cabeza y no es cordura dejar volar el pájaro, que cayó en mano».

«Sea, pues, según vuesas mercés desean, pero al menos esta calceta de la pierna izquierda, que, como ven, tiene más bujeros que una criba, déjenme quitalla…».

             Tomó en su mano el candil, que en la mano del ama colgaba y mandó a esta que le quitase la calceta: tiraba con sus pocas fuerzas, pero la calceta no salía; y ayudándole en este menester uno de los ministros, arrancáronle la pierna y comenzó a brotar un río de sangre, con lo que Johanes cayó desfallecido y su ama desmayada, por el enorme susto.
Espantados estaban los ministros, temerosos de que, si el vecindario se apercibía, los tomarían por los salteadores de Punicastro; y como el cuerpo del delito (el charco de sangre y la pierna desprendida) estaba presente, irían irremisiblemente a dar con sus huesos en la cárcel y acaso sin pasar por ella, en el camposanto; así que, con el mayor silencio, tomaron en sus brazos a Johanes y lo subieron a la cama: hicieron otro tanto con la ama y cargando al hombro la pierna arrancada, que había de servirles de excusa justificativa ante el Inquisidor, atravesaron, a chitón y callando, el poblado; y, el camino de Logroño desandaban, cuando amaneció y vieron, a la luz de la aurora, que lo que llevaban no era pierna sino un tronco curvado cubierto con medio zaragüel de paño negro y con una vieja calceta de lana blanca, agujereada como una criba (i i …! ! ).

Añade Martínez Alegría en su narración:

“No contaban en la candilada lo que determinaron hacer los pobres ministros a vista de este encantamiento, pero sí seguían relatando que el bienaventurado clérigo y su vieja amica, durmieron como unos benditos toda aquella noche, como si nada hubiese sucedido»,

En una ocasión, camino de Logroño, andaba cierto día Johanes y entabló conversación con un joven que se fingió extranjero y que pretendió engañarle proponiéndole un negocio ilícito. Detuvo Johanes su paso y le replicó: «Mancebo, no puedo firmar la escritura porque «mi cuerpo es del alma y mi alma es de Dios. ¡ ¡ Apártate de mí, Satanás ! ! ». Llegados a un escondido recodo del camino el falso mancebo, se tiró al pescuezo de Johanes. para ahogarle y gritándole: «¡Eres mío y muy mío, Johanes! ». Entonces el clérigo dio un salto, hurtó el cuerpo y proyectó su sombra sobre el mismo joven, el cual se abrazó a la sombra de Johanes y huyó con ella, desde entonces Johanes no hacía sombra ni aún en los días de ardiente sol y se le llamaba en el pueblo «Juan sin sombra».

Las denuncias formuladas contra Johanes por la Cofradía de Arcabuceros de Torralba por sus actos de magia y encantamiento; sus asistencias a las tertulias de tranquilladores y peleires y aquelarres y, sobre todo, su presencia en el lugar donde se ocasionó la muerte del Conde de Aguilar -del que no tuvo intervención directa- motivaron su comparecencia y prisión por el Tribunal de la Inquisición de Logroño, figurando juzgado entre las causas que se celebraron los días 7 y 8 de noviembre de 1610, entre las que figuraban la de «la cieguecita de Viana» y las más conocidas de los 29 brujos de Zugarramurdi.

El señor Martínez Alegría detalla que el solemne auto se celebró de esta manera:

«Después del pendón morado de la Inquisición iban las cruces y ciriales de las Parroquias y Conventos; las banderas de las Hermandades; interminable procesión en dos filas silenciosas, y detrás los reos, entre los cuales se veían los de Viana, vestidos con túnicas de luto, llevando velas amarillas en la mano, con capacetas de esparto sobre la cabeza rasurada y montados en asnos con gualdrapas de esparto; detrás de ellos venía Johanes vestido de loba y ferreruelo de luto, con una vela amarilla en la mano y con un «sambenito» doble colgado al cuello, en el cual se leía: «Señor, perdonad al nigromante». Todos venían con mucha contrición y lágrimas.
En medio de la plaza estaba el altar donde abjuraron sus errores, y un púlpito, desde donde un fraile dominico hizo una admirable defensa de la fe cristiana y leyó las sentencias, entre las cuales nos interesan dos: la de los tranquilleros y pelaires, por la que eran condenados «a galeras», y la de Johanes, a quien se imponía la penitencia de llevar, por espacio de un año, el referido «sambenito».
Después el Inquisidor, revestido de ornamentos sagrados, preguntó a los reos: «¿Creéis en Dios Padre, Todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra y Dueño de nuestras ánimas?.. ¿Creéis en Jesucristo, su único Hijo, que nos redimió de la muerte eterna y del demonio?.. ¿Creéis en el Espíritu Santo…, etc.?..».
A todas las preguntas contestaron con fe firme y sincera: «Sí, creo»… Después de la profesión de Fe que, por ser muy larga no copio, siguieron las letanías de los Santos y por tres veces se repitió al fin: «Salvos fac servos tuos» (Señor: salva a tus siervos); contestando los reos: «Deus meus, sperantes in te» (Dios mío, salva a los que esperan en Ti).
A continuación recibieron la absolución de sus pecados y censuras y, reconciliados con la Iglesia, se concluyó el «Auto de Fe», cantando todos los concurrentes un solemnísimo «Te Deum»».
Los de Viana fueron condenados «a galeras» y la cieguecita de Viana a las llamas, y cuando Johanes, después de cumplida su pena de prisión regresó a Bargota, se encontraba totalmente cambiado y arrepentido de su vida anterior. Sus ojos apergaminados estaban hundidos en el fondo de sus órbitas. Su carácter se había tornado silencioso. Desde entonces se dedicó a la realización de actos de misericordia y caridad. De pie, pálido y desencajado el rostro -en presencia del vicario- vio arder todos los libros, manuscritos e instrumentos de prestidigitación y magia que las llamas iban devorando y con ellas «un alma embrujada» que desaparecía…
El otro que quedaba, ya no era «el brujo de Bargota» ni «Juan sin sombra»; un milagro se había producido; allí sólo permanecía un Johanes bondadoso y querido por sus convecinos, que murió cristianamente a los sesenta y cinco años de edad. Cuando las campanas de Bargota con sonido lento anunciaban su muerte, un sentido dolor se exteriorizaba en las gentes… había muerto un hombre bueno…

Alfredo Gíl del Río, en su obra “La brujería y sus personajes en La Rioja”.

 

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