Viernes Santo

“En realidad, yo siempre he considerado esos poemas carnales, por ejemplo «Viernes Santo», ese poema que es mezcla de pasión carnal y de la Pasión de Cristo. Una España en que todo era alrededor de la Iglesia, en un día tan sagrado como el Viernes Santo, con la crucifixión, las cofradías, la Dolorosa por la calle y tú en ese momento estás en una cama con alguien. Todo ese revoltijo… Estoy gozando de estar pecando, y a la vez me estoy arrepintiendo. ¿Pero cómo te puedes acordar en ese momento de la Pasión de Cristo? Porque estaba en la calle, estaba pasando. Era una cosa plástica, a la vez. No tenías que volver a Fray Luis de Granada o al «Kempis», estaba allí.”                             Pablo García Baena.

Semana Santa Lgroñesa, foto J.L.Soba

Cristo de Arnao de Bruselas, de Santa Maria del Palacio, Semana Santa Logroñesa, foto J.L.Soba

“Viernes Santo”

Hace frío en los atrios esta noche,

ascuas de cobre sobre los braseros aviva la criada

y la helada ginebra enfría el labio.

Roberto Carlos baja tu voz desde el Brasil, oh cuerpo tuyo,

oh alma mía asómate al gallo, no,

no le conozco, a la mirada, no, no quiero ver,

sólo tu pecho entreabriendo rosa oscura

a la táctil araña de las manos.

Y está el Pretorio frío con el alba,

jaspes yertos, columna,

y desnudo, desnuda hasta la sangre,

nos desnudamos, rito, sobre el lecho, cordeles lacerantes

de los besos, caricias aprietan,

tiran, tinta la res del sacrificio,

soldados, carcajadas, extinguidas antorchas humeantes,

oh qué hambrienta vesania, brasas, bocas

ardiendo, crepitantes leños rojos,

la túnica de loco arrodillado busca,

ya no blanca, ni grana, ni violeta,

sí rígida por las costras,

por el rayo fulmíneo que derriba

y no apagues la luz quiero verte los ojos,

averigua quién te dio el golpe,

el mazo martillea los clavos en la fragua,

tafetanes ungiendo sacerdotal desdén,

y tú me quieres, vino nuevo embriagando mis venas,

arterias al ocaso como dalias,

no apartes este cáliz, esta hiel, está el campo

del alfarero ya comprado con las treinta monedas,

húmeda arcilla donde clavar alarias plateadas,

plateados placeres, marea embravecida y plateada

luna, tinieblas, rueda el dado ciego

y un vaho de hedor sube de los sepulcros,

pliega tus alas sobre mi carroña,

sobre mi carne viva,

suave buitre ígneo, rapaz tormenta deseada,

lluvia sangrienta empapa el monte oscuro,

la adarga, los arneses, fluye cárdena

sobre las blancas sábanas, los lienzos taponados de rubíes,

no caiga sobre mí la sangre de este justo,

pues sólo quise amarte.

Pablo García Baena, en su libro “De Antes que el tiempo acabe” (1978)

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