“Un mendigo de amor”

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El triunfo de Galatea (1511),  de Rafael Sanzio, representa el triunfo del amor platónico sobre el amor carnal.

“Un mendigo de amor”

I

xjjjjjjjjoven, soltero, sin familia y rico, ¿qué más podía desear Carlos?
Una voz insidiosa, cuando las pasiones empezaron a despertarse en el alma del joven, susurró al oído de éste:
–Eres omnipotente… ¡con dinero se compra todo!
Carlos meditó un momento; ¡qué horizontes tan radiosos se abrían ante su vista!
–Con dinero se compra todo –dijo sonriendo–, pues compremos amistad.
Y aquel Creso joven se constituyó en anfitrión de numerosos elegantes que seguían sus pasos por dondequiera.
Diariamente sentábase a su mesa aquella elegante corte, y entre el ruido de los corchos que saltaban y las risas bulliciosas, prolongábase el festín.
Pero Carlos no estaba satisfecho. Había leído que más hermosa que la amistad era la gratitud.
–Compremos la gratitud –se dijo entonces. Y repartió bienes a diestra y siniestra; fue la providencia de muchos desheredados, y no hubo inopia que le tendiese las manos suplicantes sin sentirlas colmadas de dones.
El nombre de Carlos era pronunciado con transportes de agradecimiento por los miserables. Poseía lo que había buscado.
Y, sin embargo, no le bastaba.
–Tengo amistad y gratitud –exclamó–. Pero me falta algo; ¡compraré gloria!
Y fué Mecenas de cien poetas y escritores que le laudaron en periódicos y libros, en biografías y odas. Y todos los que leían su nombre convenían en que era Carlos un talento en flor, que en lo futuro daría óptimos frutos; de un temperamento artístico delicadísimo, de una concepción rápida y singular.
No obstante –¡oh insaciable corazón humano, tonel de las Danaidas, jamás ahito!–, Carlos no era feliz.
–Me falta el poder –pensó.
El dinero crea influencias y simpatías de los grandes, y no le fue difícil conseguir a nuestro hombre un alto puesto en la Administración.
–Joven, rico, lleno de amigos, de gratitud, de gloria y de poder, ¿qué puede hacerme falta, qué necesito? – clamó.
Y una voz doliente que surgía en el silencio de su alma, murmuró suspirando: ¡Amor!
–¡Amor! –repuso Carlos, sintiendo en su mente toda una revelación de mundos desconocidos–. ¡Amor! Sí; el sentimiento que todo lo anima, que todo lo alumbra, que todo lo aroma… Eso me falta.
Y añadió resuelto.
–¡Compremos amor!

II

Era María una hermosa morena; de esas que el diablo –personaje de indiscutible gusto– hubiera querido para sí.
Carlos la amó con delirio, con todo el vigor de un alma virgen y soñadora; y María, deslumbrada por la posición del joven, se dejó querer complacida.
No pasaba un día sin que nuestro héroe llevase a su adorada, como brillante testimonio de aquel cariño que llenaba su vida, alguna rica alhaja; ya el nutrido collar de esmeraldas que relampagueaban como pupilas de ondinas apasionadas; ya la espléndida riviére de diamantes, que se descomponían en divinos cambiantes al beso de la luz; ya el anillo que parecía una estrella diminuta, encadenada en virtud de poderoso conjuro a la diestra de la encantadora niña.
–¿Me amas? –preguntaba Carlos a su novia a todas horas. Y ella, mirando fascinada la pedrería que parpadeaba en su pecho, en su cabellera y en sus manos como bandada de luciérnagas presas, respondía:
–¡Mucho!
Entonces, la voz del alma, aquella triste voz que ya había oído Carlos, decía a éste:
–¡Insensato! Ama más a tus joyas que a ti… Carlos, desesperado, concluyó por abandonar a su ídolo.
Y como el ara quedó sola, buscó otro dios que sustituyese al primero.

III

Fue Eloísa delicada rubia a quien nuestro amigo amó con más pasión tal vez que a la primera.
Y una noche, al acercarse a la ventana testigo de sus citas, advirtió que su amada llevaba traje de baile.
–¡Cómo! –dijo sorprendido–. ¿Vas a bailar acaso?
–Sí, bien mío.
–¡Y yo que creía pasar algunas horas a tu lado!
–No puedo complacerte.
–¡Ah! ¡No vayas!
–Estaría triste; amo tanto el salón cuajado de luces, la música apasionada que vibra dulcemente, el lánguido balanceo del vals…
Carlos se alejó de allí diciendo melancólicamente:
–¡Quiere más al mundo que a mí! Surgió otra vez en aquellos instantes la voz doliente de su espíritu:
–Necio! ¡Necio!… El amor no se compra…

IV

Carlos renunció a la riqueza, a la amistad, a la gloria; vistió humilde traje de burgués, y como si se hubiese quitado un enorme peso de encima, salió de su palacio ligero y casi feliz, repitiendo:
–El amor no se compra…
Era de noche, y a poco andar halló en el umbral de una puerta una pareja de obreros que se acariciaban; en el alambre de una línea telegráfica, dos golondrinas rezagadas, pegada una a la otra, dormían…
–Yo seré amado como ese obrero… Yo tendré compañera como una de esas golondrinas– murmuró.
Poco después tropezó con una mendiga joven y hermosa:
–¿Quieres darme un poco de cariño? –le dijo.
–¡Quién piensa en el cariño cuando se tiene hambre! –contestó la mendiga volviéndole la espalda.

V

Carlos vagó toda la noche por la ciudad, dialogando desesperado con el destino, con el infortunio, con la sombra…
Cuando surgió la luz primera el infeliz estaba loco… Iba de puerta en puerta despertando a los vecinos; le abrían, y entonces gritaba con voz lastimera:

–¡Un poco de cariño por el amor de Dios!…

¡Si el pobre loco hubiese tenido entonces una madre!…

Amado Nervo, de “El Ángel caído y otros relatos”

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