El ermitaño

“El hombre temeroso no sabe lo que es estar solo: detrás de su silla hay siempre un enemigo. La valía de un hombre se mide por la cuantía de soledad que le es posible soportar. Nadie aprende, nadie aspira, nadie enseña a soportar la soledad. Ser independiente es cosa de una pequeña minoría, es el privilegio de los fuertes.” Friedrich Nietzsche

Cuadro ermitaño

Paisaje con ermitaño, (1610), obra de Paul Brill, Monasterio de la Anunciada de Villafranca del Bierzo, León. España

El ermitaño

En lo alto de la montaña, junto a una cueva entre árboles y rocas, vive un ermitaño de nombre Druá. Sus movimientos lentos y precisos y la armonía y respeto con que opera, denotan a un hombre santo, un ermitaño renunciante en plena naturaleza…

Su aspecto es sobrio y cuidado, su barba arreglada, y su humilde cabaña aseada y perfecta. Se diría que lleva varios años en meditación de silencio y consciencia atenta. Al parecer, dedica todo su tiempo al Profundo, mientras a su alrededor la vida y sus frutos crecen en abundancia.

Se dice que los caminantes que por allí pasan, comparten con él su comida a cambio de agua fresca y cálidas ráfagas de bienaventuranza.

Poco a poco, el rumor acerca de la rectitud y templanza de aquel buscador se extiende por toda la comarca. Se dice que un buscador ha alcanzado la lucidez y la gracia. Al poco, el rumor llega hasta la joven Noa… se diría que una brisa de luz roza el aura de Ella.

Un día de otoño en el que Druá se encuentra meditando en posición de loto frente al sol naciente, percibe un leve ruido… es Noa que silenciosamente se acerca. Al poco, se sienta a tres metros del sabio y baja la cabeza sin pronunciar palabra. Pasan varias horas sin que ninguno de los dos se mueva, hasta que el Sol, culminando el día, se pone sobre sus cabezas.

Cuando Druá se levanta ella le pronuncia:

“Sabio amigo, tengo la firme determinación de aprender los secretos del alma. Compartiré contigo, a respetable distancia, los silencios, las oraciones y las baladas sagradas.”

Druá sonríe y no responde, continuando con sus labores como si nada.

Pasan los días, mientras Noa sigue de cerca los movimientos del sabio, su serenidad y su calma.

Al llegar la primavera, las fuerzas naturales de la vida, unen a los renunciantes en un abrazo del que nueve meses después nace un hijo iluminando el invierno con la ternura de su alma.

Druá recibe con amor este suceso, mientras continúa sus labores de contemplación y silencio en aquella paz y lucidez perfecta.

Sin embargo, a los pocos meses, y haciendo falta alimento para el hijo, Druá se va lejos, y de regreso trae consigo una cabra.

Con esta llegada, el pequeño podrá alimentarse y, a su vez Druá, sacando tiempo de sus meditaciones, incorporará una nueva e insignificante labor diaria: ordeñar la cabra.

Llega un día en que la cabra se pone en celo y siguiendo su instinto se pierde en la montaña. Cuando regresa, se puede apreciar que está preñada. Al poco tiempo nace un pequeño animal, con lo que la leche que en un principio sirve de alimento al niño, es ahora absorbida por el animalito de la propia cabra.

Druá vuelve a marchar lejos para regresar nuevamente con otra cabra. De esta forma, aunque tiene menos tiempo para sus oraciones y rituales, el niño crece y los animales se multiplican y engordan.

Pasan tres primaveras y, nuevamente, el llamado de la vida reúne en sagrado abrazo al sabio y a la muchacha, con lo que vuelve a nacer otro hijo, y con él llegan más cabras, y con ellas ruido, movimiento, trabajo, obligaciones y cargas…

El proceso se repite y el rebaño crece. Ya no hay tiempo para largos rituales. Ya no se escucha igual el sonido de las aguas, sin embargo los ojos de Druá chispean de vida, y aquel lugar, antes severo y silencioso, hoy late de movimiento, amor y labor hermanada.

Llega un día en que Druá ya es un anciano. Vaivenes ruidosos y alegres rodean al buen patriarca.

En su casa hay inventos, adelantos, fruto del comercio, producto de la caza. En el jardín, junto a un matojo de alhelíes, los nietos ríen, juegan y cantan…

Mientras tanto, la chispa de lo divino arde cálida y brillante en el corazón de aquel antiguo monje, en el corazón del que buscaba.

Dicen también que desde entonces, una estrella en el cielo que contemplaba el rigor de aquel antiguo ermitaño, hoy sonríe ante la vida que late en aquellas laderas. Es por ello que los poetas cantan desde entonces que no es lo mismo:

Un santo triste que un triste santo.

Cuento recopilado por José María Doria, para su libro “ Relatos eternos, cuentos para aprender a aprender”

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cuentos, Relatos y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s