Horacio y la Primavera

Quinto Horacio Flaco (Venosa, Basilicata, 8 de diciembre de 65 a. C. – Roma, 27 de noviembre de 8 a. C.), es el máximo exponente de la poesía en lengua latina.

Las “Odas”, según él mismo lo mejor de su obra, son composiciones de carácter lírico que constituyen la obra cumbre de la lírica latina. Son cuatro libros con un total de 104 odas. En ellos se jacta de haber sido el primero en trasplantar al latín la lírica eolia en su conjunto, imitando los temas y los metros líricos griegos, sobre todo de Alceo, Safo y Anacreonte. La “Odas” tuvieron gran influencia entre los poetas españoles, como Garcilaso de la Vega y Fray Luis de León.

Para los eruditos, en el libro IV de estas “Odas”, está la Oda VII, el mejor poema escrito en latín y que nos relata la llegada de La Primavera.

 

Primavera, obra de la pintora e ilustradora modernista francesa Elisabeth Sonrel

Primavera, obra de la pintora e ilustradora modernista francesa Elisabeth Sonrel

Oda VII del libro IV

Se han disipado las nieves, ya regresa la hierba a los campos

y el follaje a los árboles;

la tierra alterna estaciones y los ríos que decrecen

corren más allá de las riberas;

una Gracia con las Ninfas y sus hermanas gemelas se atreve

a conducir desnuda las danzas.

Que no esperes cosas inmortales te advierte el año y la hora

que arrebata el provechoso día.

Los fríos se van suavizando con los Céfiros, deshace a la primavera el verano,

para morir en cuanto

el otoño productivo ha derramado sus frutos, y luego

retorna el invierno inerte.

Por más que las rápidas lunas reparan los daños del cielo,

nosotros, cuando caímos

donde el pío Eneas, donde Tullo el rico y Anco,

somos polvo y sombra.

¿Quién sabe si los dioses superiores añadirán momentos venideros

a la suma de hoy?

Todas las cosas que hayas brindado a tu ánimo amigo escaparán

de las manos ávidas de tu heredero.

Una vez que has muerto y que Minos ha pronunciado sobre ti

sus espléndidos fallos,

no te hará volver, Torcuato, ni la estirpe

ni la elocuencia ni la piedad;

en efecto, ni Diana libera al virtuoso Hipólito

de las tinieblas infernales,

ni Teseo consigue romper las cadenas Leteas

para su querido Pirítoo.

Horacio (65 a. C. – 8 a. C.) en su obra “Odas”

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