El Padre

Hoy “Día del Padre”, es un día en el que me siento más si cabe, hijo, y reflexiono sobre la importancia que ha tenido mi Padre y su ejemplo en mi forma de coeducar a mi hijo, y me parece muy acertada la reflexión del escritor y poeta italiano Silvio Pellico sobre ello:

“Exigir a los progenitores, para respetarlos, que estén libres de defecto y que sean la perfección de la humanidad es soberbia e injusticia.”       

Padres.jpg“El Padre”

Un viejecito de barba blanca y larga, bigotes enrubiecidos por la nicotina, manta lacre, zapatos de taco alto, sombrero de pita y un canasto al brazo, se acercaba, se alejaba y volvía tímidamente a la puerta del cuartel. Quiso interrogar al centinela, pero el soldado le cortó la palabra en la boca, con el grito:

-¡Cabo de guardia!

El suboficial apareció de un salto en la puerta, como si hubiera estado en acecho.

Interrogado con la vista y con un movimiento de la cabeza hacia arriba, el desconocido habló:

-¿Estará mi hijo?

El cabo soltó la risa. El centinela permaneció impasible, frío como una estatua de sal.

-El regimiento tiene trescientos hijos, falta saber el nombre del suyo -repuso el oficial.

-Manuel… Manuel Zapata, señor.

El cabo arrugó la frente y repitió, registrando su memoria.

-¿Manuel Zapata…? ¿Manuel Zapata…?

Y con tono seguro.

-No conozco ningún soldado de ese nombre.

El paisano se irguió sobre las gruesas suelas de sus zapatos, y sonriendo irónicamente.

-¡Pero si no es soldado! Mi hijo es oficial, oficial de línea.

El trompeta, que desde el cuerpo de guardia oía la conversación, se acercó, codeó al cabo diciéndole por lo bajo:

-Es el “nuevo”; el recién salido de la Escuela.

-¡Diablos! El que nos “palabrea” tanto…

El cabo envolvió al hombre en una mirada investigadora, y como lo encontró pobre, no se atrevió a invitarlo al casino de oficiales. Lo hizo pasar al cuerpo de guardia.

El viejecito se sentó sobre un banco de madera y dejó su canasto al lado, al alcance de su mano. Los soldados se acercaron, dirigiendo miradas curiosas al campesino e interesadas al canasto. Un canasto chico, cubierto con un pedazo de saco. Por debajo de la tapa de lona empezó a picotear, primero, y a asomar la cabeza después, una gallina de cresta roja y pico negro abierto por el calor.

Al verla, los soldados palmotearon y gritaron como niños:

-¡Cazuela! ¡Cazuela!

El paisano, nervioso por la idea de ver a su hijo, agitado por la vista de tantas armas, reía sin motivo y lanzaba atropelladamente sus pensamientos:

-¡Ja, ja, ja!… Sí. Cazuela…, pero para mi niño.

Y con su cara sombreada por una ráfaga de pesar, agregó:

-¡Cinco años sin verlo…!

Más alegre, rascándose detrás de la oreja:

-No quería venirse a este pueblo. Mi patrón lo hizo militar. ¡Ja, ja, ja…!

Uno de guardia, pesado y tieso por la bandolera, el cinturón y el sable, fue a llamar al teniente.

Estaba en el picadero, frente a las tropas en descanso, entre un grupo de oficiales. Era chico, moreno, grueso, de vulgar aspecto.

El soldado se cuadró, levantando tierra con sus pies al juntar los tacos de sus botas, y dijo:

-Lo buscan…, mi teniente.

No sé por qué fenómeno del pensamiento, la encogida figura de su padre relampagueó en su mente…

Alzó la cabeza y habló fuerte, con tono despectivo, de modo que oyeran sus camaradas:

-En este pueblo… no conozco a nadie…

El soldado dio detalles no pedidos:

-Es un hombrecito arrugado, con manta…Viene de lejos. Trae un canastito…

Rojo, mareado por el orgullo, llevó la mano a la visera:

-Está bien… ¡Retírese!

La malicia brilló en la cara de los oficiales. Miraron a Zapata… Y como éste no pudo soportar el peso de tantos ojos interrogativos, bajó la cabeza, tosió, encendió un cigarro, y empezó a rayar el suelo con la contera de su sable.

A los cinco minutos vino otro de guardia. Un conscripto muy sencillo, muy recluta, que parecía caricatura de la posición de firmes. A cuatro pasos de distancia le gritó, aleteando con los brazos como un pollo.

-¡Lo buscan, mi teniente! Un hombrecito del campo… Dice que es el padre de su mercé…

Sin corregir la falta de tratamiento del subalterno, arrojó el cigarro, lo pisó con furia y repuso:

-¡Váyase! Ya voy…

Y para no entrar en explicaciones, se fue a las pesebreras.

El oficial de guardia, molesto con la insistencia del viejo, insistencia que el sargento le anunciaba cada cinco minutos, fue a ver a Zapata.

Mientras tanto, el pobre padre, a quien los años habían tornado el corazón de hombre en el de niño, cada vez más nervioso, quedó con el oído atento. Al menor ruido, miraba hacia fuera y estiraba el cuello, arrugado y rojo como cuello de pavo. Todo paso lo hacía temblar de emoción, creyendo que su hijo venía a abrazarlo, a contarle su nueva vida, a mostrarle sus armas, sus arreos, sus caballos…

El oficial de guardia encontró a Zapata simulando inspeccionar las caballerizas. Le dijo, secamente, sin preámbulos…

-Te buscan… Dicen que es tu padre.

Zapata, desviando la mirada, no contestó.

-Está en el cuerpo de guardia… No quiere moverse…

Zapata golpeó el suelo con el pie, se mordió los labios con furia y fue allá.

Al entrar, un soldado gritó:

-¡Atenciooón!

La tropa se levantó rápida como un resorte. Y la sala se llenó con ruido de sables, movimientos de pies y golpes de taco.

El viejecito, deslumbrado con los honores que le hacían a su hijo, sin acordarse del canasto y de la gallina, con los brazos extendidos, salió a su encuentro. Sonreía con su cara de piel quebrada como corteza de árbol viejo. Temblando de placer, gritó:

-¡Mañungo! ¡Mañunguito…!

El oficial lo saludó fríamente.

Al campesino se le cayeron los brazos. Le palpitaban los músculos de la cara.

El teniente lo sacó con disimulo del cuartel. En la calle le sopló al oído:

-¡Que ocurrencia la suya!… ¡Venir a verme!… Tengo servicio… No puedo salir.

Y se entró bruscamente.

El campesino volvió a la guardia, desconcertado, tembloroso. Hizo un esfuerzo, sacó la gallina del canasto y se la dio al sargento.

-Tome, para ustedes, para ustedes solos.

Dijo adiós y se fue arrastrando los pies, pesados por el desengaño. Pero desde la puerta se volvió para agregar, con lágrimas en los ojos:

-Al niño le gusta mucho la pechuga. ¡Delen un pedacito!…

Olegario Lazo Baeza (Chile, 1878-1964), de su libro “Nuevos cuentos militares “(1924).

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6 respuestas a El Padre

  1. Salva dijo:

    Yo llevo dos años sin poder felicitar a mi padre, pero antes de morir le dediqué una entrada en el blog. Te la dejo para que la leas y paladees como se merece.

    Felicidades por la parte que te toca José Luis.

    https://mividaesunacancion.wordpress.com/2014/03/31/mi-padre/

  2. Salva, me ha gustado mucho la entrada en recuerdo de tu Padre, por el cariño y amor que trasmite. He de decirte que muchos de esos locales y nombres no me son ajenos, en concreto Vinos Nestor, que creo que venían de un bar que había en La Calle Mayor, y se llamava el Cuatro Vientos, donde los chavales íbamos a ver los programas de televisión. Me acuerdo de que eran dos o tres hermanas y un hermano que luego después de trasladarse a Ingeniero La Cierva, iba en una silla eléctrica, de las primeras que se veían en Logroño. Siempre es de agradecer recordar estos hechos y lugares, Muchas Gracias.
    Namasté

    • Salva dijo:

      Asi es. El de la silla es al que mi padre llamaba nervios. Nosotros vivíamos cerca de Ingeniero de la Cierva, en la calle Santa Isabel.
      Saludos

  3. Gracias Salva por compartir estos recuerdos y activar los míos; por cierto, por esa zona siempre acabábamos los días de fiesta desayunando unos huevos con Jamón en “El Rincón de Pepe” que también nombras. Me imagino que ya lo conocerás, pero hay un blog muy bueno de recuerdos de Logroño, “Mi Logroño de Cristal”, que aunque hace tiempo que no hace entradas, está muy bien.
    Namasté

  4. Así es Salva, y lo curioso es que comencé a seguirlo por casualidad y al final resultó que su autor
    es hijo de un antiguo profesor mío en “Los Boscos”, por el que yo sentía gran admiración por la cantidad de conocimientos que compartía con nosotros. En fín la vida es un pañuelo, sólo tenemos que tener cuidado de ir por el lado limpio,
    Namasté

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