Lo moral, lo inmoral, y lo amoral

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Le tubage (1904), obra de Georges Chicotot.

Lo moral, lo inmoral, y lo amoral

xeeeeeeen un pueblo bastante primitivo vivía un médico anciano, quien producía toda clase de medicinas y curaba todas las enfermedades de sus propios coterráneos.

En el mismo pueblo vivía un ladrón, pero un ladrón de categoría, cuya conducta fastidiaba a la gente, especialmente a la élite del pueblo. Un día el ladrón cayó sumamente enfermo y, la gente de buena reputación, aprovechando la condición delicada del antisocial, decidió darle muerte a través del viejo médico.

Entonces se presentaron al especialista, es decir, al médico, exponiendo hábilmente sus razones e implorándole comunión con sus decisiones. A cambio le ofrecieron una gran suma de dinero, sabiendo que era su única oportunidad de deshacerse del peligroso bandido. Pero el profesional les contestó:

-Lo siento señores. No puedo acceder a vuestra petición. No puedo ser infiel a mi profesión. Mi trabajo es curar a los enfermos. Yo estoy para eso, para curar a cualquier enfermo, por eso me pagan.

Paralelo a esta situación sucedió que en el pueblo también se encontraba gravemente enfermo un hombre santo, de quien dependía mucha gente. Los más fanáticos se organizaron para poder recolectar una suma cuantiosa de dinero con la finalidad de alargar la vida del santo –mediante el médico– ya que, su presencia, era imprescindible para solemnizar, aunque fuera por última vez, la fiesta patronal del pueblo. Fueron donde el médico y dijeron:

-El hombre es nuestro guía espiritual y no queremos que se muera tan pronto, pues su enfermedad es grave. Queremos que Ud. haga todo lo necesario para alargar sus días de vida y así nos acompañe en la celebración de nuestra fiesta patronal.

El viejo médico contestó:

-La salud de este hombre no depende de vuestras peticiones ni del papel que tiene él para con ustedes. Yo haré mi trabajo como siempre, y veremos. Si se cura, bien; si no se cura, también bien.

Entonces la multitud comenzó a rechiflar:

-Ud. es un médico, y este enfermo depende de su profesión. Usted puede alargar su vida. Está en sus manos, pues la ciencia –hoy– está bastante avanzada.

El especialista dijo:

-Os reitero: Yo me limitaré a hacer mi trabajo, pero mi trabajo no tiene por qué responder a vuestras exigencias costumbristas. Así que yo haré lo mío: si el santo se muere, bien; si logra curarse, bien; pero no me pidan hacer algo que yo no puedo. Decidir el destino de un hombre no me corresponde.

Según nuestra moralidad tradicional parece ser así: ‘moral’ nos parece la actitud de la gente que quiere que el santo, la buena persona, el individuo pacífico, viva; e ‘inmoral’ nos parece la actitud de la gente que quiere deshacerse, a toda costa, del peligroso antisocial. Esa es la norma mental que media cualquier organización colectiva, sea religiosa o política. Sin embargo, más allá de ambas, está la actitud ‘Amoral’ del viejo médico, un hombre de ciencia, que se limita a hacer su trabajo, con quien sea, y esté donde esté.

Nos gusta que la gente que nos parece buena viva eternamente, pero también nos gusta que la gente que nos parece mala, fastidiosa, muera o sea extinguido de nuestro camino lo más pronto posible. Generalmente ese es el concepto dual que se maneja en el inconsciente de las colectividades. Toda colectividad aprueba a unos y rechaza a otros. Esa, al parecer, es su naturaleza. Unos aprueban a los santos y otros detestan a los antisociales. De ese concepto dual se alimenta toda colectividad y, por eso, cualquier normativa generada por una multitud organizada, dicta: “haz esto y no aquello”; “haz el bien y detesta el mal”; “sé justo y no seas injusto”; “ama, no odies”. Es el típico régimen de las colectividades organizadas.

Sin embargo, la ciencia es sencillamente ‘Amoral’; nunca es moral o inmoral; lo moral y lo inmoral no cabe en su perspectiva porque ella está sencillamente más allá de la dualidad. Un médico auténtico es amoral, es amoral como la medicina que administra. Si el médico administra una medicina a un ladrón, la medicina no dirá que ‘a éste la mataré porque es un ladrón’; de la misma manera, si el médico administra una medicina a un santo, la medicina no dirá que ‘éste hombre es santo y, por eso, la curaré’. Frente a la medicina, que seas un delincuente o un santo es irrelevante porque ella no conoce esa distinción.

Ahora bien, en materia de sanidad espiritual, el ser humano, hoy, tiene que ser profundamente ‘Amoral’, esto es, profundamente científico, exento de toda moralidad. Ser ‘moral’ es un estado enfermizo como el ser ‘inmoral’, porque son extremos. Un individuo espiritualmente sano es ‘Amoral’, donde el médico es igual a la medicina que administra. Un individuo espiritualmente equilibrado, esto es sano, no te pregunta quién eres. Que seas una persona es suficiente. Estés donde estés, seas lo que seas, eres aceptado.

Osho

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