El sonido de la noche

Hoy comparto un relato  de Xavier B. Fernández (Barcelona, 1960) escritor y periodista, autor de las novelas Kensington Gardens, El sonido de la noche y Un trabajo nocturno, y  de varios cuentos, y se lo dedico en especial a un paisano mio, músico y compañero en esto de compartir nuestros gustos y experiencias. J.L.Soba

musica-y-malabares

Música y malabares, obra del riojano Luis Burgos.

El sonido de la noche

xaaa lgunas tardes Claudio venía a casa a tocar un rato el piano conmigo. Ya sabía que yo era el Holandés, no tardó mucho en reconocerme. Al fin y al cabo, me consideraba uno de sus maestros. Uno de los que le hicieron desear convertirse en pianista de jazz. Disfrutábamos tocando alguna pieza a cuatro manos. Algo de Monk, o de Powell, o de Ellington. Incluso algo mío, alguna que otra vez. Me gustaban sus visitas. Claudio tenía talento natural para la música y era inquieto. Me estimulaba su inquietud. Su técnica mejoró mucho durante ese tiempo y me enorgullece pensar que fue gracias a mí.
—¿Cómo lo soportas? —me dijo, de pronto, una de esas tardes.
—¿El qué?
—Estar tocando cuplés y charlestones en la orquesta de El Molino. Deberías estar tocando esta música. Los dos deberíamos estar tocando esto.
—Diría que el que tiene problemas para soportarlo eres tú.
—Me desespera tocar cada noche las mismas cancioncillas simplonas para que bailen los simples.
—Qué le vamos a hacer, el mundo está lleno de simples. Y sí, a los simples les gustan las melodías simples, que sean fáciles de bailar y fáciles de tararear, no les gusta lo complicado ni lo que les hace pensar mucho. Pero no puedes culparles por ello. La mayoría de ellos ya tienen bastante complicación intentando ganar lo suficiente para dar de comer a sus hijos. En su tiempo de ocio solo quieren divertirse un rato sin calentarse la cabeza.
—¿Y a ti te basta con eso?
—No, yo soy como tú, me gusta lo complicado y lo que hace pensar. Me gusta más tocar esto que los simples consideran música rara sin melodía reconocible que la música de baile que les gusta a ellos. Nosotros somos así, necesitamos un poco de reto, un poco de estímulo, no nos basta con un simple entretenimiento facilón. Pero no creas que eso nos hace mejores que ellos, los simples. Solo nos hace más complicados.
—Quizá tengas razón. Pero ¿cómo puedes aguantar estar tocando una vez y otra No me mates con tomate?
—Es un trabajo. Sirve para pagar el alquiler. Y a veces hasta es divertido. Y de todas formas puedes tocar la música que te gusta en tus horas libres.
—¿Y tú te conformas con eso?
—Quizá en otro tiempo no me hubiera conformado. Cuando tenía tu edad. Pero ahora…
—… te has resignado.
—No exactamente.
—Entonces, ¿qué?
Miré a mi alrededor. Vi la mancha de sol que se filtraba por la ventana y se desparramaba sobre el suelo. Más allá del cristal vi las sábanas blancas tendidas entre macetas de flores en los patios traseros. Vi la ropa de Celia recién planchada, doblada y apilada sobre un sillón. Vi la libreta de papel pentagramado y tapa de hule negro, y el lápiz que usaba para escribir en ella, abandonados sobre la mesa. Vi a Satchmo dormitando sobre el piano. Satchmo abrió una rendija amarilla de su ojo sano para mirarme a mí. Pero no vi a la felicidad, ese inquilino discreto que se había colado en mi casa, y eso que estaba allí, delante de mis narices, sentada en el sofá, al lado de la ropa recién planchada, calentándose al sol que entraba por la ventana, sorbiendo cerveza fría de los botellines que Claudio y yo habíamos sacado de la nevera y fumando los cigarrillos que habíamos dejado en el cenicero. Y pensé que quizá Claudio tuviera razón, me había enterrado en vida en un oscuro trabajo de pianista de cabaré, tocando siempre los mismos cuplés y los mismos charlestones. Y cuando, poco tiempo después, Celia me preguntó en la cama: «¿Eres feliz?», le respondí con evasivas, cuando debería haber dicho: sí, muy feliz. Inmensamente feliz. Porque, como la mayoría de la gente, yo había mirado a la felicidad directamente a los ojos y no había sabido reconocerla.

Xavier B. Fernández

 

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2 respuestas a El sonido de la noche

  1. Salva dijo:

    Tratas varias cosas que no me son ajenas. Como músico, tenía relación con otros que se ganaban la vida en orquestas tocando pasodobles en las fiestas de los pueblos, y los fines de semana le daban duro al Heavy. Yo con mis 18 años pensaba que eso era lo último. Si no podía tocar lo que me gustaba, colgaba las baquetas. Ahora muchos años después sigo pensando lo mismo pero respeto a los que se ganan la vida diviertiendo y haciendo felices a los demás durante un par de horas.
    Los dos protagonistas de este relato me recuerdan a una estrecha relación que mantuve con un buen amigo y excelente guitarrista. Nos juntábamos todas las tardes en su casa, durante el verano, y en su habitación montamos un pequeño estudio con una grabadora de ocho pistas y pasábamos horas tocando y tocando. Como lo de llevar mi batería a su casa era algo que no se nos pasó por la cabeza, bueno realmente si, pero supusimos que a sus padres no les haría mucha gracia, lleve mi batería sorda, que no es más que una batería compuesta por “pads” (almohadillas de goma) en vez de los elementos reales (bombo, toms, caja, etc…)
    Se usa para practicar sin hacer ruido. Para las grabaciones me compré una caja de ritmos para programar percusiones y grabar con buen sonido. Durante una temporada compartimos local con unos amigos y pasábamos horas y horas tocando sin parar. Cogíamos una escala de guitarra y la repetíamos sin parar y yo el mismo ritmo a doble bombo hasta conseguir una buena técnica. Nos poníamos un tiempo, por ejemplo 15 minutos seguidos. Venía a ser como las tablas de ejercicios de un gimnasio, a veces resultaba un tanto aburrido pero con el tiempo conseguimos dominar nuestros instrumentos. Esas largas horas de ensayo me vinieron de maravilla en mi etapa de Amnesia.
    Sobre la felicidad, tan mentada en nuestras charlas, te iba a dejar un enlace sobre una cosa que escribí hace tiempo pero he visto que ya la has leído. La tenemos ahí, (la felicidad) al alcance de la mano y a veces se nos escapa su verdadero significado.
    Estuve viendo en su día la exposición de Luis Burgos en la Sala Amos Salvador, que ilustra tu entrada.

    Un abrazo.

    • Sabía que esta entrada no te dejaría indiferente, por tu faceta de músico, aunque creo que esta historia es común en todas las artes. El ilustrar la entrada con un cuadro de Luis Burgos, aparte de por la admiración que tengo por su obra, es porque es el artista que he conocido, junto con el escultor también riojano, Oscar Cenzano, con una línea creativa más fiel a sus principios, sin importarle las conveniencias sociales. He de decirte que los creativos de goma, no tienen cabida en mis gustos.
      Como siempre Salva, un placer.
      Namasté

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