“La lágrima”

Hoy hago un hueco en el ambigú al poeta romántico Lord Byron, uno de los que más influencia tuvieron en mi juventud. Su vida fue de una total integridad y siempre consecuente con su forma de ver la vida, por lo que generaba la admiración de todo aquel que lo conocía o leía su obra. Entre las obras que más me influenciaron, destaco Horas ociosas (1807), Corsario y Lara (1814), Manfredo (1817), Mazeppa (1818) y Don Juan (1819-1824), su última e inacabada obra.

Fue seguramente sin quererlo, precursor de los clubs de fans, su esposa Annabella, lo definía como “byromanía”, pues tenía muchos seguidores tanto anónimos como famosos (Goethe, Poe, Bécquer, Víctor Hugo, Lamartine, Alejandro Dumas, etc.). Sus poemas inspiraron y fueron musicados por compositores románticos como Felix Mendelssohn, Robert Schumann o Héctor Berlioz entre otros.

A pesar de ser noble, se posicionó a favor de los más débiles y apoyó a España frente a la invasión napoleónica, a las naciones suramericanas en su independencia y a la libertad de Grecia, a la que quería con pasión.

Siempre frecuentaba  la compañía de animales, se cuenta que Byron, mientras estudiaba en Cambridge, donde estaban prohibidos los animales domésticos, guardaba un oso. Tuvo un halcón, una garza, una grulla egipcia, un águila, una garza, un tejón, un zorro, gatos, monos, loros, gallinas, gansos, etc. Hay un hecho que define a la perfección el amor de Byron por los animales: En 1803 le regalaron un cachorro de perro de raza Terranova de nombre “Boatswain”, y fue un fiel acompañante durante sus viajes. En una ocasión, el perro se cayó por la borda del barco donde viajaban, exigiendo Byron al capitán que detuviese la nave para poder recogerlo.

En 1808 Boatswain murió a causa de la rabia y Lord Byron lo enterró en la Abadía de Newstead, de su propiedad, con un epitafio en su honor que reza:

“Cerca de este lugar reposan
los restos de quien poseyó
belleza sin vanidad
fuerza sin insolencia, 
valentía sin ferocidad,
y todas las virtudes del hombre sin sus vicios.
Este elogio sería un halago sin sentido
si fuera grabado sobre cenizas humanas.
Pero es un justo tributo a la memoria de Boatswain, un perro”

la-mujer-que-llora-de-pablo-picasso

La Mujer Que Llora, obra de Pablo Picasso.

“La lágrima” 

Cuando el amor o la amistad debieran
el alma a la ternura,
y ésta debiera aparecer sincera
en los ojos,
podrán los labios engañar fingiendo
una sonrisa seductora y falsa;
pero la prueba de emoción se muestra
en una lágrima.

Una sonrisa puede ser
un artificio que el temor encarna;
con ella puede revestirse el odio
que nos engaña;
mas yo prefiero para mí un suspiro
cuando los ojos, expresión del alma,
se oscurece por un momento
con una lágrima.

El hombre surca el desconocido Océano
con el hálito del viento que lo arrastra,
entre olas bramadoras que se alzan;
se inclina,
y en las olas tempestuosas
que terribles sobre su nave avanzan,
mira el abismo, y en sus aguas turbias
mezcla una lágrima.

En la carrera de la noble gloria,
el valiente capitán se afana
por ganar con su muerte una corona
en las batallas;
pero levanta al que postró en el suelo
y sus heridas piadoso baña,
una por una, en el sangriento campo,
con una lágrima.

Y cuando vuelve, henchido de ese orgullo
que hace latir el pecho que avasalla;
cuando teñida en enemiga sangre
cuelga su espada,
la recompensan todas sus fatigas
al abrazar a su consorte amada,
al darle un beso en sus mejillas húmedas
con una lágrima.

Dulce mansión de mi niñez perdida,
donde la sinceridad y la amistad gozaba;
donde en medio del amor vi deslizarse
las horas rápidas;
yo te dejé con un hondo sentimiento,
volví hacia ti mis últimas miradas,
y apenas puede percibir tus torres
detrás una lágrima.

Aunque no puedo repetir, como antes,
mi juramento a mi María adorada,
a la que fuera en otro tiempo
el fuego del alma,
recuerdo los felices días
en que, aún infantes, tanto me amaba,
cuando ella respondía a mis promesas
con una sencilla lágrima.

¿En otros brazos puede ser dichosa?
¿Conserva el recuerdo de su edad pasada?
Mi corazón respetará ese nombre
que tanto amaba.
Y así dije adiós a mi esperanza loca,
siempre, con una lágrima.

Cuando el imperio de la noche eterna
reclame para siempre mi alma;
cuando mi cuerpo exánime repose
bajo una lápida,
si por ventura os acercáis un día
donde mi triste sepultura se halla,
humedeced apenas mis cenizas
con una lágrima.

Yo no ambiciono el mármol, monumento
que la la vanidad levanta;
manto suntuoso con que el necio orgullo
cubre su nada;
no darán sus emblemas a mi nombre
el falso orgullo ni la gloria vana;
lo que yo quiero, lo único que pido,
es una lágrima.

Lord Byron, de su libro Horas ociosas (1807)

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