Cuento de Navidad

Hoy día de navidad, nos visita en el ambigú Ray Bradbury (Estados Unidos , 1920–2012), cuya obra está en los  parámetros de la ciencia ficción, terror y fantasía, con ” Cuento de Navidad”, un relato ambientado en el futuro, de lo que el creía era el verdadero espíritu “navideño”, más allá del consumismo en el que vivimos y que nuestro poder de dar amor a nuestros allegados, nos aleja de lo material y nos acerca al disfrute de lo que no por ser habitual no deja de ser bello. la capacidad de demostrar afecto a nuestros seres queridos no se basa únicamente en lo material; representa también toda la belleza natural que rodea al mundo en que vivimos y lo sorprendente y hermoso que resulta prestar atención a los detalles que usualmente ignoramos. Para comprender mejor a Ray Bradbury antes de leer su bello cuento, os dejo su forma de ver la formación de un escritor:

“No puedes aprender a escribir en una universidad.
Es un lugar muy malo para los escritores porque
los profesores siempre piensan que saben más que uno,
y no es cierto. Ellos tienen muchos prejuicios. Digamos: a ellos les gusta
Henry James, pero ¿qué pasa si no quieres escribir como Henry James?
(…) La biblioteca, por otro lado, no tiene límites.
La información está ahí para que la interpretes.
No hay nadie que te diga que pensar,
que te diga si eres bueno o no. Lo descubres por ti mismo.”
natividad-obra-de-el-greco

Natividad, obra de El Greco.

Cuento de Navidad

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocas onzas, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.

-¿Qué haremos?

-Nada, ¿qué podemos hacer?

-¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

-Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.

-¿Qué…? -preguntó el niño.

El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

-Quiero mirar por el ojo de buey.

-Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.

-Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.

-Espera un poco -dijo el padre.

El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.

-Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será Navidad.

-Oh -dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

-Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.

-Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.

-Pero… -empezó a decir la madre.

-Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

-Ya es casi la hora.

-¿Me prestas tu reloj? -preguntó el niño.

El padre le prestó su reloj. El niño lo sostuvo entre los dedos mientras el resto de la hora se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete.

-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?

-Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

-No entiendo.

-Ya lo entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.

-Entra, hijo.

-Está oscuro.

-No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

-Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

FIN

Ray Bradbury

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4 respuestas a Cuento de Navidad

  1. Salva dijo:

    Bonita historia. Muy apropiada. De Ray Bradbury uno de mis libros favoritos es El Hombre Ilustrado que supongo habrás leído.
    Sobre las palabras de Bradbury, he de decir que estoy en coincido con él pero también difiero. Siempre necesitamos un guía que nos indique que camino seguir y nos ayude a corregir nuestros errores. Luego ya seremos capaces de hacerlo por nosotros mismos. Pero tampoco debemos dejarnos que nos impongan ningún tipo de academicismo algo de lo que siempre traté de huir cuando estudiaba decoración y odiaba los trabajos que nos mandaban y no nos permitían salirnos de lo que nos pedían.

    Saludos y que pase un buen día.

  2. Bueno Salva, no todo van a ser coincidencias, creo que necesitamos más libertad en nuestro libre albedrío y admiro las sabias palabras de Pablo Picaso, cuando dijo: Me llevó cuatro años pintar como Rafael, pero me llevó toda una vida pintar como un niño.
    Namasté

  3. ¡Me encanta Ray Bradbury! Gracias por compartir esta historia.
    ¡Felices Fiestas! ❤

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