Historia de la cortesana Vasavadatta y del comerciante Upagúpta

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Historia de la cortesana Vasavadatta y del comerciante Upagúpta

xhhhabía en Mathura, en el Bengala, una cortesana de gran belleza, llamada Vasavadatta, la cual, habiendo visto un día en la ciudad al joven Upagupta, hijo de un rico comerciante, concibió por él un ardiente amor. Entonces ella se valió de su criada para decirle que tendría un gran placer en recibirlo en su casa. Pero Upagupta no fue. El era casto y dulce y muy piadoso; poseía la ciencia, observaba la ley y vivía según Buddha. Por esto despreció el amor de tan hermosa mujer.

Después de transcurrido algún tiempo, Vasavadatta cometió un crimen y en castigo fue condenada a que se le cortaran las manos, los pies, las orejas y la nariz. Conducida a un cementerio se ejecutó la sentencia y Vasavadatta quedó en el mismo sitio en donde había sufrido la pena, pero aún con vida.

Su criada, que la quería y estaba a su lado, ahuyentaba las moscas con un abanico para que la ajusticiada pudiese morir tranquila. Mientras cumplía estos piadosos cuidados, vio a un

hombre que se aproximaba, no como un curioso, sino con recogimiento, demostrando mucho interés en su visita. Un niño le acompañaba tapándole la cabeza con un quitasol. La criada, al reconocer al joven Upagupta, reunió apresuradamente los esparcidos miembros de su ama y los ocultó bajo el manto. Al acercarse el hijo del comerciante a Vasavadatta, se detuvo y contempló en silencio a aquella cuya belleza brillaba hacía poco en la ciudad como una perla. La cortesana, al ver a aquel que ella amaba, le dijo con voz expirante:

¡Upagupta, Upagupta!, cuando mi cuerpo, adornado de joyas y de ligeras telas, era dulce como la flor del loto, te esperé en vano. Cuando yo inspiraba el deseo, no quisiste yerme. ¡Upagupta, Upagupta!, ¿por qué vienes ahora que mi carne sangrienta y mutilada no es más que un objeto de repugnancia y de espanto?

Upagupta respondió con deliciosa dulzura:

Hermana mía Vasavadetta, en los rápidos días en que tú parecías hermosa, mis sentidos no se dejaron engañar por vanas apariencias. Entonces yo te veía ya con la mirada de la meditación tal como tú apareces hoy. Yo sabía que tu cuerpo no era más que un vaso de corrupción. En verdad te digo que para quien ve y quién sabe, tú no has perdido nada. No tengas ningún pesar. No llores las sombras de la alegría y de la voluptuosidad que huyen de ti; deja que se disipe el mal sueño de la vida. Considera que todos los placeres de la Tierra son como el reflejo de la luna en el agua. Tu mal procede de haber deseado mucho; no desees ya nada; sé dulce contigo misma y valdrás más que los dioses. ¡Oh!, no desees ya vivir; se vive porque se quiere, y tú bien ves que la vida es mala. Yo te amo, hermana Vasavadatta, y te aconsejo que te conformes con el reposo.

La cortesana oyó estas palabras, y conociendo que eran verdaderas, murió sin deseos y dejó santamente este mundo ilusorio.

Anatole France

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