Doña Mariola

ximg_3405Doña Mariola

Muy pocos sabrán de doña Mariola, pero cuando yo era niño su caso fue muy comentado. En todo Toledo. La llevé a la estación de tren hace un par de semanas. Me esperaba a la puerta de su casa, frente al Taller del Moro, y en cuanto divisó mi taxi su liviana figura se puso en movimiento. Caminaba con dificultad y a pasos cortos, como si temiera resbalar.

Bajé para abrirle la puerta y ayudarla, y me miró con los ojos de quien se topa con alguien vagamente familiar sin acabar de identificarlo. Cuando le dije quién es mi madre, ella recordó y sonrió levemente; luego justificó su trayecto: “Voy a la estación por si, con las obras de lo del AVE, han desfigurado el vestíbulo y el andén en el que tantas horas consumí. Tú ya sabes de qué hablo”.

En el fondo de sus ojos percibí el revoloteo de las mariposas que anidaron el día que Gerardo, su marido, marchó a Europa en busca de fortuna.

Él se fue al día siguiente de la boda ―tal como entrambos habían proyectado―, pese a la general extrañeza por tan exigua luna de miel. Según el plan acordado, Gerardo buscaría en Suiza un lugar donde vivir y la llamaría junto a él para comenzar entonces una celebración interminable. Pero antes era necesario que encontrase un trabajo bien pagado, algo que al principio de los años setenta parecía fácil de hallar en el extranjero.

Su propósito compartido era que, cuando se reuniesen en Basilea, Mariola se emplease en algún bar, como cocinera, y limpiase en casas de particulares, si hacía falta. Ella estaba dispuesta a dejarse la piel en el intento, y a renunciar a todos los caprichos con tal de ahorrar lo suficiente para, en unos años, volverse con su marido a España y montar un negocio, además de dar la entrada para un piso donde disfrutar los hijos que, sin duda, llegarían.

En lo que se refiere al negocio, las preferencias de Mariola se inclinaban por un bar o, si las cosas les iban muy bien en el exilio, por un restaurante en el que podría ejercitar su magia para la cocina. Sabía que Gerardo haría un magnífico papel como anfitrión: su simpatía era proverbial y su sonrisa conseguía que cualquiera se sintiera cómodo a su lado. Ella, en cambio, se desenvolvía mejor entre bastidores, sin hacerse notar, sin someter su timidez a miradas demasiado directas o a las conversaciones subidas de tono de quienes beben más de la cuenta.

Por lo que respecta al piso que Gerardo buscaría, habían convenido que fuera modesto: para ellos dos, bien poco necesitaban. La única condición que puso Mariola fue no compartirlo con otros inquilinos, aunque les costase un poco más.

Sin haberse ido, ya se veía de vuelta y enseñando a las amigas el piso. Incluso tenía pensado cómo decorarlo. Pero lo que más le ilusionaba de toda la andanza imaginada era que, ya con el negocio en marcha, podría tener hijos.

Así que, con esos ensueños en el corazón, no le arredraban los obligados esfuerzos que sin duda tendría que realizar. Era incansable para el trabajo, todo el mundo lo decía, y tozuda como una mula. Cuando se proponía algo, no paraba hasta lograrlo.

La conquista de Gerardo dio fe de ello. Fue el suyo un coqueteo imperceptible pero constante, casto y sutil pero sostenido. Poco le importó lo distante que él se mostraba al principio, ni las advertencias de sus amigas de que no se ilusionase en exceso por un hombre más joven que ella y con fama de rondador de muchas novias. Tampoco le arredró que la familia de Gerardo se opusiera con malas artes a su unión y, con cualquier pretexto, tratara de descomponerla.

Desde el momento en que a Mariola se le metió en la cabeza que aquel era su hombre, y que saldría de una iglesia de blanco y de su brazo, no cejó hasta conseguirlo. Le costó cinco años de paciente acercamiento, pero al fin lo arrancó de una vida disipada y de la influencia de su familia. El día de la boda salió resplandeciente de la ermita de la Cabeza, y todos hubieron de reconocer que su rostro de novia era el de una mujer que irradiaba, si no belleza, una inmensa felicidad.

Como tenían previsto, al día siguiente de la celebración Mariola acompañó a su marido a la estación de ferrocarril y le ayudó a subir unas casi desvencijadas maletas al vagón. Abrazada a él se enredó en un beso que hubieron de interrumpir cuando una pareja de ancianos entró al compartimento. Mariola, sofocada, bajó entonces al andén. Gerardo abrió la ventanilla, se asomó y alargó la mano. Ella extendió la suya y las mantuvieron unidas hasta que el convoy arrancó.

Mariola lo vio alejarse hasta quedar convertido en un punto apenas perceptible. Su mirada desolada quedó prendida en ese lugar, y fue el instante que las mariposas aprovecharon para anidar en el fondo de sus ojos. Se quedaron muy quietas, para que Mariola no advirtiera su presencia. Y ella, que no podía desasirse de aquel invisible punto en que se había convertido el tren, se quedó casi dos horas inmóvil y pensativa en medio del desierto andén, hasta que advirtió que otro procedente de Madrid se aproximaba.

Instalada en la ilusión pasó los primeros meses. Gerardo, como había prometido, escribía todas las semanas. No eran cartas muy extensas y apenas explicaba detalles superficiales de su trabajo, pero dejaba traslucir que en Europa no era tan fácil como se decía encontrar una buena ocupación ni hallar un alojamiento que permitiera el traslado de Mariola. Pero le animaba a no desesperar porque, decía, tarde o temprano la fortuna les sonreiría.

Lo peor era que las cartas llegaban sin remite y ella no podía responderlas. Apilaba en el cajón de su mesilla las kilométricas misivas que escribía, después de repasarlas muchas veces. Luego releía las de Gerardo, que ya se empezaban a desgastar.

Los días transcurrían lentos y el tiempo alcanzaba una densidad que amenazaba con enrarecer el aire, por más que Mariola mantuviera intacta la ilusión de cuando besó a su marido en el vagón, antes de que entraran los viejos.

Hasta que un día, sin mediar ningún presagio, las cartas de Gerardo dejaron de llegar. Mariola esperó y esperó y se llenó de ansiedad, hasta que no pudo más y fue hasta la casa de sus suegros, a pesar de ser consciente de su antipatía. La recibieron como esperaba, cortantes y secos, y dijeron no saber nada sobre su hijo. Esa misma tarde, Mariola se descubrió sentada en el banco de la estación que compartió con su marido el día de la despedida.

Se encontró a gusto allí, con una novela entre las manos. La había comprado unos minutos antes en el quiosco de prensa del vestíbulo de la estación. El libro narraba los azarosos avatares de una pareja que, tras abrumadoras dificultades, vencía todos los obstáculos que se oponían a su felicidad. La lectura la calmó y mitigó su angustia. Volvió contenta a su casa y no se preocupó de disculparse ante su madre por la tardanza.

Al día siguiente regresó y, desde entonces, sus visitas se hicieron diarias.

Al principio, algunas amigas intentaron hacerle desistir de tan peculiar comportamiento, pero ella les sonreía y les pedía paciencia. Luego, cuando se marchaban, una vez más su mirada se perdía donde las vías se juntaban. Las amigas dejaron de acudir a la estación y durante mucho tiempo ni una sola de ellas volvió a utilizar el tren para desplazarse a Madrid, con tal de no encontrársela. Ella, en cuanto se quedaba sola, descansaba los ojos en las páginas de su novela de amor.

Pasaron dos años y otros dos, y aún otros seis transcurrieron. Durante una década, Mariola se convirtió en parte del paisaje que los turistas que venían en tren hallaban al llegar a Toledo. Se presentaba puntual a media mañana, compraba en el quiosco su ración diaria de quimera en forma de novela rosa y se sentaba a saborearla en el banco que los empleados de Renfe le reservaban.

Solo alzaba la vista cuando advertía que algún tren se acercaba. Luego veía pasar ante ella los rostros extraños de los visitantes, y los ya familiares de los usuarios frecuentes del ferrocarril.

A mediodía se acercaba al bar y tomaba el café con leche y el croisans que ya le tenían dispuesto, siempre en la misma mesa. Y poco después de que todos los pasajeros del último tren hubieran desaparecido por el vestíbulo, se ponía en pie, alisaba la trasera de su falda, guardaba el libro en el bolso y, salvo que lloviese, ponía rumbo hacia el puente de Alcántara y, tras recorrerlo sin mirar la turbia corriente del Tajo, subía cadenciosamente las empinadas escaleras hacia el Paseo del Carmen y luego atravesaba la ciudad hasta llegar a su casa.

Ni un solo día alteró la rutina. Y por extraño que parezca, ni una chanza hubo de soportar en todo ese tiempo. Joan Manuel Serrat acababa de estrenar una canción que parecía inspirada por ella. Los empleados de la estación, los de la cafetería y algunos taxistas comenzaron a referirse a doña Mariola como ‘Penélope’. Pero lo hacían con ternura. No habría extrañado que algún desalmado aprovechase lo anacrónico de su comportamiento para burlarse de ella, pero la inmensa melancolía que despedían sus ojos, lo apacible de su voz y de su gesto, y la terca dignidad que dejaban adivinar sus modales, impedía que quienes se le cruzaban experimentasen lástima o se sintieran movidos a la bufa.

Fue hace treinta años cuando su rutina ―que ya duraba una década― se alteró. En cuanto llegó supo que aquel no sería un día corriente: en el andén aguardaban la madre y la hermana de su marido. Mariola, con el pulso acelerado, a punto estuvo de acercarse a ellas, pero al reparar en su agrio semblante se contuvo. Ellas, cuando la vieron, comenzaron a cuchichear sin disimulo y a mirarla de reojo.

Transcurrieron unos minutos en los que las tres mujeres permanecieron inmóviles. Luego se oyó un silbido inconfundible y, muy poco después, apareció a lo lejos el tren. Su frenada produjo los habituales chirridos metálicos hasta que la locomotora se detuvo. Comenzaron a bajar los viajeros. Cuando parecía que nadie quedaba por descender, Mariola adivinó, en la puerta del último vagón, la silueta de Gerardo. Aunque flaco, estropeado y serio, era su razón de ser.

Se observaron desde la lejanía. A medio camino de los dos quedaban estáticas la madre y la hermana, que miraban alternativamente a uno y otro lado. Nadie se movió durante unos segundos. Mariola no sabía si esperar o correr hacia su marido para reanudar el abrazo que la pareja de ancianos había interrumpido diez años antes, cuando él partía hacia su odisea.

Pero enseguida, sin embargo, comprendió que no habría sido apropiado hacerlo: un niño apareció por la misma puerta por la que había bajado su marido. Saltó al andén y cogió su mano. Y otro niño tras él hizo lo mismo. Y a continuación apareció el escorzo de una mujer. Mariola no intentó grabar su rostro en la memoria, se fijó más bien en su barriga abultada y en el inquieto rapazuelo de pelo encrespado y rubio que portaba en los brazos.

La hermana y la madre de Gerardo miraron un instante hacia ella antes de acercarse a los recién llegados. No hubo besos ni abrazos entre ellos, que poco después desaparecieron camino del vestíbulo con el ánimo de una comitiva fúnebre y arrastrando tres maletas.

Mariola permaneció inmóvil. Comenzó a sentir frío, pese a que un cálido sol de primavera templaba el ambiente. Al fin dio media vuelta y juntó los párpados para retener dos lágrimas que pugnaban por resbalar hacia sus mejillas.

Se detuvo, como siempre, junto al quiosco de prensa. Sacó unas monedas y las depositó sobre la vitrina, antes de tomar la novela de rosas ilusiones que el hijo de la quiosquera le tenía preparada.

La introdujo en el bolso, junto al monedero, y se despidió con un casi inaudible “buenos días”. Al volverse se topó con un individuo desastrado y de aspecto peculiar, un tal Guillermo Barea al que conocía de vista y oídas, que despedía un fortísimo olor a coñac. Se quedaron mirando unos instantes a los ojos. El hombre llevaba en una mano la fotografía de una mujer morena, y en la otra jugueteaba con una rosa recién cortada. Alargó la flor y se la ofreció.

―Compañera ―murmuró con voz ronca y aguardientosa―, tómala; la necesitas mucho más que yo.

Mariola tomó la rosa y, dando un rodeo para no rozar al vagabundo, se alejó y emprendió el camino hacia su casa.

Al llegar a ella introdujo en un jarro con agua la flor. Cuando se secó, unos días después, recogió sus pétalos y los guardó entre las páginas de la novela de amor que pretendía leer el día que regresó Gerardo.

Y nunca más, desde entonces, volvió a comprar una novela romántica. Se afanó, en vez de eso, en montar el restaurante de sus sueños, que ahora es uno de los más afamados de la ciudad y han heredado sus sobrinos…

Sus piernas no están ya para largos paseos. La ayudé a bajar de mi automóvil y la vi caminar con lentitud hacia el vestíbulo. A medio camino se detuvo, volvió la cabeza y, rebosantes sus ojos de mariposas y melancolía, me pidió que diese recuerdos a mi madre, la antigua quiosquera de la estación. Luego, dificultosamente, prosiguió su camino y desapareció.

Antonio Ballesteros de su Blog del Taller de Escritura.

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