Un Stradivarius

Para todos aquellos que comparten conmigo el amor por lo antiguo y les gusta moverse entre objetos en desuso, rastrillos, mercadillos y tiendas de antiguedades, va dedicado este cuento de Vicente Riva Palacio,  escritor, abogado y político mexicano (Ciudad de México 1832 – Madrid 1896). Autor de gran compromiso con la causa liberal, es de destacar su libro de poemas, Flores del alma. De su narrativa, es de destacar su obra póstuma y tal vez su mejor obra, Cuentos del general, al que pertenece el cuento que a continuación comparto.J.L.Soba

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El Español II (1687-1689), Colección de Stradivarius del Palacio Real, Madrid, España.

Un Stradivarius

—¿Qué es lo que usted desea? Pase usted, caballero; aquí hay todo lo que puede necesitar. Tome usted asiento si quiere…

—Mil gracias. Deseaba yo ver unos ornamentos de iglesia de mucho lujo.

—Aquí encontrará usted cuanto necesite: casullas, capas pluviales, cíngulos, amitos, paños de corporales, palios, en fin, todo muy bueno, de muy buena clase, muy barato y para todas las fiestas del año.

—Pues veremos; porque tengo un encargo de un tío muy rico, de Guadalajara, que quiere hacer un obsequio a la Catedral.

El vendedor era el señor Samuel, un rico comerciante y dueño de una joyería situada en una de las principales calles de México; pero en ella tanto podían encontrarse collares y pulseras, pendientes y alfileres de brillantes, de rubíes, de perlas y esmeraldas, como ornamentos de iglesia, y custodias de oro, y cálices y copones exquisitamente trabajados, como lujosos muebles y objetos de arte, de esos que constituyen la floración del gusto.

El señor Samuel, bajo de cuerpo, gordo, blanco, rubio, colorado, con la cabeza hundida entre los hombros y las narices entre los carrillos, tenía fama de ser un judío porque se llamaba Samuel, porque era muy rico y muy codicioso, porque gustaba mucho de comer carne de cerdo, lo cual para el vulgo era una prueba de que su religión se lo prohibía, fundándose en que la prohibición causa apetito, y, por último, porque los sábados estaba tan alegre como los cristianos el domingo.

El otro interlocutor era un joven pálido, alto y delgado, mirada triste, melena lacia, levita negra vieja y pantalón ídem, es decir, negro y viejo. Además, aunque esto debía ser accidental, llevaba en la mano izquierda un violín metido en una caja forrada de tafilete negro con adornos de metal amarillo, que semejaba el ataúd de un párvulo.

A no caber duda, era un músico. Dejó el músico la caja sobre el mostrador. Comenzó don Samuel a presentar ornamentos, y se tomaron medidas, y se hicieron cálculos, y comparaciones, y apuntes, y, por fin, después de cerca de una hora de conferencia, el músico tenía ya todos los datos para escribir al tío y esperar la respuesta y el giro, y recoger los objetos elegidos.

Guardose en el bolsillo el presupuesto definitivo, y antes de retirarse dijo a don Samuel:

—¿Tendría usted inconveniente en que dejara yo aquí este violín, mientras no lo necesito, para no tener que cargar con él hasta mi casa, que vivo lejos?

—Ninguno —contestó el judío.

—Pero es que quisiera que no fuera a maltratarse, porque lo estimo en mucho.

—¡Oh! Pierda usted cuidado: vea usted dónde lo coloco, y ahí lo encontrará usted sin que nadie lo haya tocado.

Y como trataba de halagar a tan buen comprador, colocó cuidadosamente la caja en una vitrina en el lugar más ostensible de la tienda.

A la mañana siguiente, entre la multitud de compradores que entraron en la casa de don Samuel, llegó un caballero como de cuarenta años, de aspecto aristocrático, elegantemente vestido. Buscaba un alfiler para corbata, y no pudo hallarle tal y como lo deseaba; pero, ya al retirarse, le llamó la atención la caja del violín tan vieja y maltratada, en medio de tantos objetos brillantes y lujosos.

—¡Qué! ¿También vende usted instrumentos de música, o tan bueno es ese violín que lo guarda usted aquí, en esa caja tan horrible?

—No es cosa mía: me lo dejaron a guardar, y con tales recomendaciones que sólo ahí me pareció seguro.

—¡Hombre!, pues es curioso; enséñemelo usted, que yo también soy aficionado a violines: ¡debe ser cualquier cosa!

El judío bajó la caja y la abrió: el caballero tomó el instrumento, se lo colocó garbosamente, como quien acostumbrado estaba a pulsarle, pasó el arco sobre las cuerdas, miró el violín con extrañeza y lo volvió por todos lados; percutió la caja con el dedo, alzó el rostro, y mirando fijamente a don Samuel, le dijo con solemnidad:

—Pues no es cualquier cosa como yo había creído; éste es un violín de Stradivarius legítimo, y si usted quiere por él seiscientos duros, en este momento, sin moverme de aquí, se los doy y me lo llevo.

El judío abrió desmesuradamente los ojos y la boca y los oídos, y hasta las manos, no sólo por el descubrimiento, sino porque soñaba en una buena ganancia comprando el violín al pobre músico, que de seguro estaba necesitado, y de seguro también no sabía el gran precio del instrumento. Ocurriósele en seguida lo que debía hacer, y contestó a aquel caballero diciéndole:

—Mire usted, el violín no es mío; pero si usted tiene tanto empeño en poseerle hablaré al dueño, aunque me parece que ha de ser exigente y ha de querer mucho por él.

—¿Que si tengo empeño? Pues ya lo ve usted; como que ésta es una alhaja de príncipe. En París, cuando por casualidad hay un Stradivarius, vale como quina diez o doce mil francos.

—¿Y hasta cuánto puedo ofrecer?

—Pues oiga usted mi última palabra. Si me lo consigue usted por mil duros, le doy a usted cincuenta de corretaje, y pasado mañana vendré a saber la resolución, porque tengo que salir para Veracruz y no puedo perder más tiempo.

Al día siguiente el pobre músico llegó a la casa del judío; no había noticia aún del tío que encargaba los ornamentos, pero el músico venía a recoger su violín.

El judío lo sacó de la vitrina afectando la mayor indiferencia, y antes de entregárselo le dijo:

—Hombre, si quisiera usted vender ese violín, yo tengo un amigo que es aficionado y quiero hacerle un obsequio, supuesto que usted dice que es bueno.

—¡Oh!, no, señor; yo no lo vendo.

—Pero yo lo pago muy bien: le daré a usted trescientos duros.

—¿Trescientos duros, señor? Por el doble no lo he querido vender.

—¡Bah!, ¡si ésas son exageraciones! Pero para que vea usted que quiero favorecerle, le daré seiscientos.

—No, señor, de ninguna manera.

—Setecientos.

—Mire usted: estoy muy pobre, tengo que sostener a mi madre, que está enferma y cubrir además otras necesidades. Si usted me diera ochocientos duros se lo dejaría, pero en el acto; y lo habría usted de quitar de allí en seguida, porque es para mí como arrancarme un pedazo del corazón.

Don Samuel hizo el cálculo: “Ochocientos me cuesta: en mil se lo doy al caballero que debe venir esta tarde, y que me ha ofrecido además un corretaje de cincuenta; gano doscientos cincuenta de una mano a otra”. Y continuó diciendo en voz alta:

—Bien, joven; para que vea usted que tengo empeño en servirle, aquí están mis ochocientos duros.

Y abriendo una caja de hierro, sacó en oro el dinero, que entregó al músico.

El joven lo recibió profundamente conmovido; y diciendo a media voz: “¡Madre mía!, ¡madre mía!”, y enjugando con un pañuelo viejo una lágrima que brotaba de sus ojos, salió del almacén precipitadamente.

Ocho días transcurrieron sin que el caballero que deseaba comprar el violín se presentara en la tienda a cumplir su promesa, cuando entró por casualidad en ella uno de los más famosos violinistas europeos, que había llegado a México a dar algunos conciertos.

—A ver qué le parece a usted este violín —le preguntó don Samuel, que ya le conocía, abriendo la caja y mostrándole el Stradivarius.

El maestro tomó el violín, empuñó el arco y le hizo correr dos o tres veces sobre la encordadura.

—Pues esto es una carraca; con cinco duros estaría bien pagado.

Si matara un desengaño, al día siguiente debían haber enterrado a don Samuel.

Muchos años después enseñaba el violín, diciendo:

—Fui muy bruto. Ochocientos duros me ha costado esta lección de música.

Vicente Riva Palacio, de su libro «Cuentos del general» (1896)

 

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