“El amor y la tierra”

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Bardenas Reales, foto de David Soba

“El amor y la tierra”

El amor y la tierra se abrazan sollozando,
y la arcilla y el ansia, y el hombre nuevo nace.
—¿De dónde vienes, dime; di, amigo, adónde vienes?
(Unos pájaros largos volaban sobre el llano).

—¿De dónde vienes, dime?
—De un ansia atormentada,
de vidas que prometen, y duelen, y no brotan,
con un paso cansado y un peso resignado
a reposar tranquilo en tu oscuro silencio.

Tierra, no palpites, guárdame en tu tumba.
Traigo los labios blancos de avidez y de espanto.
Mi dolor es tan grande como aquella esperanza
que me dio tanto amor y hoy me pesa tan hondo.

Creía que unos brazos en cruz abren los mares,
que unos ojos dan luz al cielo estremecido,
que unos labios que tiemblan pronuncian ya palabras.
Creía que las cosas nacen sólo del ansia.

Ahora vengo cansado, dulcísimo y sumiso,
con un peso de gritos que no han podido huir,
y te encuentro a ti, tierra, y en tu oscuro latido
perpetúo la angustia que heredé de tus muertos.

El amor y la tierra se abrazaban convulsos;
se abrazaban las ansias palpitantes e informes
y la tierra que sube mojada, espesa y fría
y abandona en mi cuerpo su eternidad sin alma:

su yerta eternidad de extensión desolada,
de cielo en desvarío que no encuentra sus nubes,
de una luz que se sufre como muerte desnuda
que despoja de gritos y sueños confundidos.

—¿De dónde vienes, dime; di, amigo, a dónde vienes?
—De una vida que duele porque ignora sus gritos
vengo a tu muerte, tierra, de eternidad dormida;
de un correr detenido a lo inmóvil que vibra.

Mis brazos se han abierto con deseo de alas
y hoy abrazan la tierra, cuna y tumba del ansia.
Un hombre nuevo nace sobre otros hombres muertos.
Hombres muertos descansan bajo el hombre que nace.

Voy por el mundo y canto. Voy por el mundo y lloro.
De tanto como amo no comprendo las cosas:
esta vida voraz que me espanta y me llama,
me da dolor y rabia, y me aterra, y me absorbe.

Tierra, guárdame contigo, con tu muerte caliente,
con tu sueño materno de gritos sofocados;
que un puñado de barro me tapone esta boca
que se abre y se abre, y no encuentra su grito.

Gabriel Celaya, de su libro “La soledad cerrada” (1947).

 

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