Brillante y Flor de Amores

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Pastorcita de pie (1887) obra de William-Adolphe Bouguereau

Brillante y Flor de Amores

x-hhhhhabía en cierta aldea una pastorcita de extraordinaria belleza, celebrada en toda la comarca.

Llamábase Flor de Amores, pero nada tenía de enamorada ni aun de amorosa, porque, a pesar de ser continuamente objeto de los requiebros de muchos gallardos mancebos, a ninguno quiso jamás, ni pudo nadie ufanarse nunca de haber obtenido señal de agradecimiento por sus obsequios.

En otro país, muy distante de aquel en que Flor de Amores vivía, reinaba un monarca poderosísimo, cuyo hijo, famoso por su apostura y por sus virtudes, era nombrado Brillante.

Un día, Brillante salió de caza, ejercicio que le placía mucho, y sucedió que, persiguiendo a un jabalí, alejóse demasiado de sus amigos y monteros, extraviándose en intrincado bosque. Anduvo errante algunas horas, sin hallar camino, hasta que, guiado por cierta luz que distinguió a lo lejos, llegó a un hato de pastores, que estaban calentándose junto a un gran fuego. Acogido amablemente Brillante, sin darse a conocer, participó a los pastores que había perdido el camino, y ellos se ofrecieron a mostrárselo al día siguiente, Invitándole a pasar la noche en el hato.

Echóse Brillante junto a la hoguera, e hizo como que dormía. Los pastores prosiguieron entonces la conversación que la llegada del príncipe había interrumpido, y hablaron con el mayor elogio de la belleza maravillosa de Flor de Amores, censurando el inexplicable desdén con que solía tratar a sus amantes.

Brillante, a quien el relato impresionó, pensó en ver por sí mismo si la hermosura de Flor de Amores era tan grande como decían y ansiaba que el Sol saliese para realizar un proyecto que había formado.

Cuando amaneció, Brillante despidióse de sus huéspedes, no sin que le indicaran éstos el camino que había de seguir para llegar a la capital, ni sin informarse bien de los lugares que Flor de Amores frecuentaba con su rebaño. Además, Brillante compró en el hato un traje completo de mayoral, con sus pantalones de cuero, sus abarcas, su cayado, su onda y su zurrón.

Después, en vez de ir a casa del rey su padre, ‘Brillante tomó el camino que derechamente conducía a la aldea de Flor de Amores y, antes de llegar, disfrazóse de pastor con la mayor propiedad. A la caída de la tarde, estando ya cerca de la aldea, vio un rebaño, y junto a él una joven pastora, a quien, por las señales que le habían dado, diputó desde luego por Flor de Amores. No hizo sino contemplar su semblante, cuando se sintió abrasado de amor. Y no fue menos profunda la impresión que Brillante hizo en Flor de Amores, la cual, desde el primer momento, sintió hacia el príncipe una inclinación apasionada, sin que se le ocurriese tratarle con el despego que tanto enojaba a sus otros adoradores.

En resolución, Brillante y Flor de Amores se hablaron, se acompañaron y se quisieron, y desde aquel día no sabían separarse uno de otro. Brillante olvidó a su Padre y a la Corte, y Flor de Amores no pensaba en nada sino en el hermoso pastorcito forastero.

Antes de unirse, Brillante exigió de Flor de Amores esta solemne promesa: que nunca indagaría quién era él, ni quiénes sus antecesores, ni de dónde venía, ni qué guardaba en su zurrón, porque, de lo contrario, se hallaría obligado a ausentarse, y Flor de Amores no le vería más. Ofreciólo así Flor de Amores, que no anhelaba otra cosa sino gozar de su querido pastor.

Pasado algún tiempo, Flor de Amores sintióse dominada por intensa curiosidad. Deseaba vivamente saber quién era y de dónde había venido aquel pastor, cuyo lenguaje y cuyas maneras se distinguían tanto de los de sus rústicos compañeros.

Cierta noche, de tal modo le preocupaba ese pensamiento, que no podía dormir. Levantóse con precaución, para no despertar a Brillante, y comenzó a pasear por el campo, meditando siempre en el misterio que a su amor rodeaba. “¿Quién será (decía para sus adentros) este pastor tan lindo, tan galante y tan bien hablado? ¿De qué tierras habrá venido?… No es posible sino que se haya criado a lo señor, preguntarle nada acerca de su origen? ¿Por qué no querrá que registre su zurrón? Sin duda es porque, si lo escudriño, averiguaré lo que él no quiere que sepa yo… ¡Si me atreviese!… ¡Quizás él no se entere!… y, en todo caso, queriéndome tanto como me quiere, me habrá de perdonar!”

No pudiendo resistir a la curiosidad, entró de nuevo en la cabaña y se dirigió temblorosa al sitio donde Brillante colocaba su zurrón. Abrió éste con cautela, y lo que encontró, llenóla de asombro. Vio allí una corona magnífica de oro macizo y purísimo, adornada con soberbios brillantes y piedras preciosas:

zafiros, rubíes, esmeraldas, topacios, etcétera.

Tal fue la sorpresa de Flor de Amores cuando contempló tamaña riqueza, que dejó caer de las manos el zurrón y se desmayó. Al ruido despertó Brillante, quien, al comprender que

Flor de Amores había faltado a su solemne promesa, levantóse airado y salió de la cabaña jurando no volver jamás allí.

En efecto, Flor de Amores no volvió a ver a su amante, y murió muy pronto de melancolía.

Adolfo Bonilla San Martín

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