La Mulata de Córdoba

Recolectora de flores cuadro de Diego Rivera

Recolectora de flores cuadro de Diego Rivera

La Mulata de Córdoba

En época colonial, en la Villa de Córdoba, Veracruz, existió una bella mulata llamada Soledad, que vivía aislada del trato de los demás, pues los descendientes de la mezcla entre blancos y negros no eran bien vistos. Su presencia provocaba escándalo y siempre daba lugar a rumores y cotilleos maliciosos. Aparte de su hermosura se hizo famosa por su uso de la herbolaria tradicional para curar enfermedades. Contaban que era capaz de predecir las tormentas, los terremotos y los eclipses. Podía hacerlo por su profundo conocimiento de la naturaleza, pero las habladurías del pueblo comenzaron a decir que practicaba la brujería.

Sus problemas aumentaron cuando comenzó a cortejarla Don Martín de Ocaña, el alcalde de Córdoba. Le escribía poemas, le enviaba regalos y arreglos florales, pero la misteriosa Soledad simplemente no le hacía caso alguno. Despechado por esos desaires, la acusó de haberle dado a beber una infusión de toloache, una planta que provoca la pérdida de la razón. En nombre de la Santa Inquisición una multitud de curiosos y la policía fueron a detenerla. Muy tranquila ella abrió la puerta y se entregó a las autoridades y la condujeron a las mazmorras del Palacio de la Santa Inquisición en la Ciudad de México.

Una vez recluida allí la sometieron a un juicio lleno de irregularidades, con testigos pagados, pruebas falsas y mentiras de todo tipo. La sentencia fue muy cruel: la condenaron a morir quemada en leña verde en un acto público, en presencia de sus mentirosos acusadores y del público morboso.

Faltaban varios días para que se efectuara esa humillante ejecución y doña Mulata permanecía silenciosa en la oscuridad de su celda. De vez en cuando platicaba con Alfredo, su custodio, un joven apuesto, y bueno, quien no estaba de acuerdo con el daño que le iban a hacer. La Mulata le pedía pequeños favores, como comprar nardos frescos para perfumar la celda o llevarle un peine para arreglar su cabello rebelde. En una ocasión le pidió algo mucho más extraño: tres o cuatro piezas de gis o tiza de la mejor calidad.

El celador se los llevó la noche anterior a la ejecución y Soledad empezó a dibujar sobre las paredes un prodigioso barco con sus detalles representados a la perfección. En el dibujo podían apreciarse las velas extendidas y hasta las olas de un mar tranquilo. Alfredo no cabía en sí del asombro y le comentó: “¡Doña Mulata, parece de verdad!”

“¿Y qué es lo único que le falta?” preguntó Soledad. “Pues navegar…” le dijo Alfredo. “Mira ahora cómo anda”, respondió ella. En un momento mágico que Alfredo recordó el resto de su vida, Soledad se subió a la embarcación pintada en el muro. Ante los asombrados ojos del custodio ésta se alejó, como si la pared fuera el horizonte mismo, hasta convertirse en un punto invisible.

Al día siguiente, cuando los oficiales fueron para conducirla al lugar de la ejecución, no la encontraron y tampoco creyeron el relato de Alfredo. Pensando que la había ayudado a huir, lo condenaron a doscientos azotes y a permanecer un año en la cárcel.

Antigua leyenda  de la tradición mejicana.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cuentos, Relatos y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s