“El león que tenía dignidad”

x León haciendo estiramientos (Wikipedia, Yathin S Krishnappa)

León haciendo estiramientos (Wikipedia, Yathin S Krishnappa)

El eterno poeta  mexicano Amado Nervo, es uno de mis favoritos para compartir en el ambigú, por la magistral y accesible forma de transmitirnos en su poesía la forma en la que el entendía la vida. Amado Nervo era también un excepcional prosista y por ello quiero haceros partícipes de este bello relato. (J.L.Soba)

“El león que tenía dignidad”

Los autores primitivos, guiados por apariencias engañosas, por analogías vagas, atribuyeron a los animales cualidades y defectos que están muy lejos de tener. La melena del león, su aspecto majestuoso, les sugirió la idea de ofrecerle el cetro y la corona de los irracionales, y lo hicieron rey, sin que él se diese cuenta de tamaña dignidad ni pareciese importarle un ardite; y lo literaturizaron, y lo esculpieron en mármoles, y lo fundieron en bronces, y lo grabaron en los sellos reales, y estamparon su silueta en escudos, en banderas, en estandartes y lo troquelaron con las monedas, a lo cual se debe por cierto, en España, que los cuartos se llamen «perros gordos» y «perros chicos», por una de esas ironías que suelen perpetuarse…

Pero vinieron los naturalistas modernos y rectificaron desdeñosamente la mayor parte de los conceptos legendarios que a las bestias se refieren. El león, tan exaltado antes, fue deprimido con pasión: ni era valiente, ni era tan fuerte como se creyó, ni merecía en modo alguno el cetro.

Se le negó, pues, la majestad real, que casi por derecho divino creíasele otorgada, y quién estimó que debía conferírsele al toro (que jamás mostró miedo a nada ni a nadie: que lo mismo embiste a un hombre, a un paquidermo o a una locomotora), quién pretendió que merecía la realeza el elefante, que, tras de ser el más fuerte de todos los animales, era el más inteligente y el más noble.

La verdad, en esto como en todas las cosas, a semejanza de la virtud, no estaba en los extremos, sino en el medio; in medio stat veritas. El león no era ciertamente el más fuerte de los animales; pero poseía algo merecedor de la realeza con que lo habían obsequiado los antiguos, algo que muchos hombres, muchísimos, suelen no tener: la dignidad.

De ello ha dado pruebas en ocasiones muy diversas, y últimamente yo he sabido un hecho que ha aumentado notablemente mi estimación por el viejo rey, moviéndome, en mi humilde fuero, a acatarlo de nuevo como a monarca.

Es el caso que, hará apenas seis meses, un grande de España, cazador par devant l’eternel, de los más perseverantes y resueltos, hizo un viaje al Atlas, con el ánimo decidido de matar algunos pobres leones que, después, disecados, con las enormes fauces abiertas, serían ornato de su museo cinegético.

Una tarde, estando él con algunos otros cazadores en acecho, frente a una colina boscosa en la falda (donde había guaridas de leones) y pelada en la cima, de pronto un espléndido ejemplar salió de su refugio y ascendió hacia la pequeña eminencia.

Apenas la fiera había dado algunos pasos fuera de los árboles y matorrales, cuando descubrió a los cazadores. Su olfato y su mirada avizora se los mostraron en seguida.
Un sol… africano, naturalmente, iluminaba la escena.

El león pudo y «debió», en cuatro saltos elásticos, vigorosos, ponerse a salvo de los magníficos fusiles de precisión, cuyos efectos conocía, merced a la terrible experiencia acumulada por el genio de la especie… Los cazadores esperaban esto y apuntaban ya, teniendo en cuenta la movilidad de la bestia…

Pero entonces, con pasmo de todos, aconteció algo extraordinario: el león, «que sabía que era visto» por tantos ojos de hombres, ¡tuvo vergüenza de huir! Un sentimiento estupendo de dignidad se sobrepuso en él al pánico de la bala explosiva y certera, que no perdona, y pausada, majestuosamente, ascendió por la colina, volviendo a cada paso la cabeza para mirar a sus enemigos…

No quería, no, que lo viesen correr… Aquellos instantes supremos ponían en su corazón, sin duda, un temblor formidable; la muerte, a cada instante, lo amagaba… mas él seguía ascendiendo, lenta, muy lentamente.

Cuando llegó a la cúspide, empezó a descender, con la misma lentitud, hasta que juzgó que «ya no lo veían», y entonces, encogiendo todo el resorte de sus músculos poderosos, dio un salto, dos saltos… y se perdió en los declives de la parte opuesta de loma. ¡Quizá con un sentimiento inmenso de liberación!

La dignidad estaba a salvo: ya podía escapar.

Los cazadores, conmovidos ante aquella actitud tan clara, tan bella, tan poco humana, no habían disparado. ¡El león obtuvo gracia de la vida, merced a la sugestión de su maravillosa dignidad!

Amado Nervo

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