“Crucifixión”

Manuscrito hológrafo, del poema Crucifixión, de Federico García Lorca

Manuscrito hológrafo, del poema Crucifixión, de Federico García Lorca

En noviembre de 2007, el Ministerio de Cultura de España compró en una subasta de la casa Sotheby’s en Londres, por 30.757 euros, el manuscrito del poema Crucifixión, de Federico García Lorca, perteneciente a su obra “Poeta en Nueva York”, fechado el 18 de octubre de 1929 en Nueva York, el hológrafo, de 42 líneas, lleno de tachaduras y correcciones.

En el invierno de 1935, Lorca regaló ese manuscrito a su amigo Miguel Benítez, su generosidad, su amistad desbordada como siempre, le había jugado una mala pasada otra vez. Benítez nunca contestó. al cual se lo reclamó en unas cartas que también subastó Sotheby’s:                                                                                                                                          “Queridísimo Miguel. Estoy poniendo a máquina mi libro de Nueva York para darlo a la prensa el próximo mes de octubre; te ruego encarecidamente me mandes a vuelta de correo el poema Crucifixión puesto que tú eres el único que lo tienes y yo me quedé sin copia. Desde luego irá en el libro dedicado a ti. Por primera vez en mi vida dicto una carta que está escrita por mi secretario. Miguel, ten la bondad de ser bueno y mandarme ese poema, porque es de los mejores que llevará el libro”.
Miguel Benítez no respondió y, tras el fusilamiento de Federico Gracía Lorca el 18 de agosto de 1936, nadie supo más del manuscrito. Las primeras ediciones de Poeta en Nueva York en 1940 no lo incluyen. Ni la de Norton, en Estados Unidos, ni la de Séneca, en México. Es en 1950 cuando el poeta Agustín Millares lo publica junto a las dos cartas en la revista Planas de poesía. A partir de entonces, Crucifixión se incorporó a las sucesivas ediciones de Poeta en Nueva York.

La Crucifixión atribuida a Miguel Ángel Buonarroti. Santa María de La Redonda, Logroño

La Crucifixión, obra atribuida a Miguel Ángel Buonarroti. Santa María de La Redonda, Logroño

“Crucifixión”

La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos.

Un rayo de luz violeta que se escapaba de la herida
proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto.

 La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban,
pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos.

Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente
ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas.

Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca.
Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos.

Un sastre especialista en púrpura
había encerrado a las tres santas mujeres
y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana.

Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco
que lloraba porque al alba
tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja.

¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina!
¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxiden los planetas!
Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse.

Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron:
Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche.

La muchedumbre cerraba las puertas
y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón
mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores
y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros.

 Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de perdigones,
dijeron los fariseos.
Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos
estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo.

Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida
porque la luna lavó con agua
las quemaduras de los caballos
y no la niña viva que callaron en la arena.

Entonces salieron los fríos cantando sus canciones
y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del río.

Esa maldita vaca, maldita, maldita
no nos dejará dormir, dijeron los fariseos,
y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle
dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios
mientras la sangre los seguía con un balido de cordero.

Fue entonces
y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.

Federico García Lorca, New York, 18 Octubre de 1929.

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