El amigo inmortal

Jiddu Krishnamurti en 1920, a la edad de 25 años.

Jiddu Krishnamurti en 1920, a la edad de 25 años.

Hoy me causa un inmenso placer poner a vuestra disposición en el ambigú, un profundo y bello poema, en el que describe su encuentro con el Buddha, perteneciente a su obra “El Amigo Inmortal”, del  considerado mundialmente como uno de los grandes pensadores y maestros religiosos de todos los tiempos, el indio Jiddu Krishnamurti.                          J.L.Soba

Visión de Buda en el Paraíso(Mohammed Nari, provincia de Khyber Pakhtunkhwa). Siglo IV. Lahore Museum

Visión de Buda en el Paraíso(Mohammed Nari, provincia de Khyber Pakhtunkhwa). Siglo IV. Lahore Museum, Pakistán.

El amigo inmortal

Dondequiera que miro, descubro Tu presencia;
Pleno estoy de la gloria de Tu magnificencia,
Y ardo en el fuego sacro de Tu felicidad.
Yo lloro por aquellos
Que jamás te contemplan,
Por los que nada sienten
De Tu gloriosa Paz.
¿En cuál humana forma
Pudiera demostrarles
Tu inmarcesible gloria?

Yo me senté a soñar en un albergue
De imponente quietud.
Estaba la mañana somnolienta
Y tranquila;
De pie, frente a los cielos,
Los montes, en azul,
Impasibles, serenos.
En redor de la casa de madera,
Idos pájaros en negro y amarillo
Saludaban al sol de primavera.

Me senté sobre el suelo
Con las piernas cruzadas
Meditando;
Y me olvidé de los montes azules,
De los pájaros,
Del silencio imponente
Y del dorado sol naciente.

Perdí la sensación de todo el cuerpo,
Y mis miembros inmóviles
Reposaban en paz de gracia llenos.
Un júbilo profundo, inmensurable,
Llenó mi corazón.
Y mi mente,
Anhelosa e impaciente
En la concentración,
Perdía, insensible, el mundo de lo irreal.
Yo estaba rebosante de poder inmortal.

Como la fresca brisa de levante
Que de súbito surge a la existencia
Y embalsama el ambiente circundante,
Allí, frente por frente,
Sentado a lo oriental,
En la forma que el mundo Le conoce,
Con Su amarilla túnica habitual,
Sencillo y majestuoso,
Así estaba el Maestro de Maestros.
Fija Su vista en mí,
Y sin un gesto,
Tomó asiento el Poderoso Ser.

Yo le miré y, fervorosamente,
La cabeza incliné
A Su presencia,
Mi cuerpo hizo una curva hacia adelante
En grácil reverencia.
Aquella única mirada
Mostró el avance del mundo hacia el progreso,
Y la inmensa distancia
Que se pierde a lo lejos,
Entre el mundo de sombras y congojas
Y el más grande de todos sus Maestros.

¡Cuán poco el mundo comprendió Su vida,
Y tanto como ha dado!
¡Cuán jubilosamente,
Libertado,
Él remontó Su vuelo
Escapando, por fin, de la tiránica
Rueda intrincada de muerte y nacimiento!
Una vez ya iluminado,
Como el jardín da su aroma,
Él dio al mundo la Verdad.

Mientras yo, reverente, contemplaba
Los pies benditos que hollaron en un tiempo
De la India la tierra afortunada,
Mi corazón de santo amor henchido,
En un caudal de devoción inmensa
Desbordóse indomable e irreprimido.
Y se fundió mi ser en esa dicha.

Mi mente comprendió de esta manera
Extraordinaria y fácil,
La Verdad que tan ansiosamente
Él alcanzó en sin igual combate.
Y se fundió mi ser en esa dicha.

Mi alma comprendió la infinita sencillez
De la Verdad.
Y se fundió mi ser en esa dicha.

Tú eres la Verdad,
Tú eres la Ley,
Tú eres el Refugio,
Tú eres el Guía,
El Compañero y el Amado.
Tú has embriagado mi corazón,
Tú has conquistado mi alma,
En Ti encontré mi consuelo,
En Ti mi Verdad establecí.

Por donde caminaste,
Sigo yo al margen de Tus huellas.
Donde Tú padeciste y conquistaste,
Atesoro yo fuerzas.
Donde Tú renunciaste,
Yo me ensancho
Sereno, inmensurable.

Eterno cual las estrellas
Que pueblan el firmamento,
He llegado a ser al cabo
Del goce y el sufrimiento.
Feliz por siempre es aquél
Que Te comprende y Te ama
Con pleno conocimiento.

Como el mar, insondable,
Así es mi amor, infinito.
He alcanzado la Verdad,
Y una divina quietud
Alienta a crecer mi espíritu.

Mas, ayer, ansié alejarme
Del mundo de sufrimiento
Hacia un apartado sitio

De una montaña en silencio.
Manumiso,
Desligado
De toda cosa
En busca de Ti, oh Amado,
Y ahora Te apareces dentro
De mí mismo, Iluminado.

Te llevo en mi corazón.
No importa adonde mire,
Te contemplo, Feliz, tranquilo, sereno,
Llenando mi mundo
La expresión de la Verdad.

Mi corazón está henchido de poder.
Mi mente está concentrada.
Yo estoy pleno de Ti.
Como la brisa de levante
Que de súbito surge a la existencia
Y embalsama la tierra circundante,
Así me realicé.

Jiddu Krishnamurti

Jiddu Krishnamurti (12 de mayo de 1895, en Madanapalle, Andhra Pradesh, India – 17 de febrero de 1986, en Ojai, California, Estados Unidos).

La Dra. Annie Besant, presidenta de la Sociedad Teosófica, adoptó cuando eran jóvenes a Krishnamurti y a su hermano  y fué la precursora de nombrarlo  máximo dirigente de la organización “La Orden de la Estrella”. En 1929 Krishnamurti renunció a su cargo, disolvió la Orden que ya tenía un inmenso número de seguidores y devolvió todo el dinero y las propiedades donadas para ese trabajo.

Viajó por todo el mundo hasta su muerte, hablando, no  como un gurú sino como un amigo, a grandes audiencias y a individuos, de la necesidad de un cambio radical en la humanidad.

Krishnamurti no perteneció a ninguna organización religiosa, secta o país, ni suscribía a ninguna escuela política o pensamiento ideológico. Todo lo contrario, mantenía que estos eran los factores mismos de la división entre seres humanos y la causa de conflictos y guerras. Insistía una y otra vez a los que le escuchaban, que ante todo somos seres humanos y no hindúes, musulmanes o cristianos, que somos como el resto de la humanidad, y que no existe ninguna diferencia entre unos y otros.

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2 respuestas a El amigo inmortal

  1. efe dijo:

    Fue simplemente un amigo de la verdad.

    Saludos.

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