Mis bastones y cachabas

Mis bastones y cachabas

Mis bastones y cachabas, foto J.L.Soba

No sé muy bien el por qué, pero siempre he asociado el bastón con los más privilegiados y el cayado o cachaba con los humildes. Tengo todavía fresco el recuerdo de ver a mi Padre fabricándose con habilidad y orgullo sus propias cachabas, de avellano, encina, espino y otras maderas de la zona de Torrecilla en Cameros, cosa habitual entre todos los del pueblo. También era frecuente la comparación entre las distintas cachabas y el orgullo con que cada uno narraba su habilidosa construcción. Las cachavas servían para conducir el ganado, defensa personal ante perros de dos y cuatro patas, y sobre todo como un excelente apoyo en los momentos más flojos. He de decir que conservo con orgullo una de las cachabas de mi Padre que con tanto mimo y cariño construyó y usó.                                                              Para nuestro buen discurrir por la vida, no menos importantes que los bastones y cachabas, con la forma habitual conocida, son los que la vida nos aporta, con forma humana o espiritual, que nos sirven de apoyo y guía en los momentos de dura fatiga, a la espera de mejores momentos que a buen seguro han de venir.                                                                 Creo que es este un objeto etnográfico lo suficientemente arraigado en nuestra cultura como para brindarle una entrada en el blog y para ello adjunto un cuento del escritor austriaco Karl Heinrich Waggerl, titulado “Mi bastón”.
J.L.Soba.

Mi bastón

Con su inseparable bastón de madera, don Anastasio explicaba, a quienes le preguntaban, por qué nunca se separaba de él:
El amor por los bastones lo he heredado de mis abuelos. El bastón de mi abuela tenía el largo de una escoba y con su ayuda, ella brincaba zanjas y cercas. Y no puedo recordar a mi padre sin su bastón café. Era muy experto en el manejo del bastón. Parecía un artista o un mago. Dibujaba con él grandes figuras en el aire o lo hacía brincar delante de él sobre la acera. A veces cuando paseaba con mi madre y quería lucirse, lo balanceaba en un dedo para asombro de la gente. Pero éste bastón, que me acompañaba siempre, me trae otra clase de recuerdos y les voy a contar la historia de cómo llegó a mis manos:
Una noche de invierno, en que caía una fuerte tormenta con nieve, escuché que llamaban a mi puerta. Yo siempre dejo las luces encendidas, para que la noche no se me acerque tanto a mi casa. Me levanté de mal humor para ver quién era. El viento era tan fuerte que me quitó la puerta de la mano y la nieve entró al pasillo. Afuera estaba el viejecito José a quien reconocí enseguida. Pasaba muy a menudo. Siempre cuando tocaba, estiraba la mano para recibir una limosna. Yo solía darle unas monedas, y a veces un pedazo de pan o de salchichón. El nunca saludaba ni daba las gracias. Sólo me miraba con sus ojillos llorosos. Sobre el hombro llevaba un bastón y de él colgaba un saco. Pero lo que me dio rabia esa noche fue ver que sobre su cabeza calva había nieve. Entonces cogí mi gorra de lana y se la puse. Lo ví tambalearse, pero se enderezó y se fue. Me quedé contemplándolo, pues se me vinieron a la mente las verdaderas obras buenas.
En aquel momento debí pensar que lo que el viejito necesitaba era un cuarto donde pasar la noche. Y para ser franco, lo pensé. En mi casa había un cuarto con una cama vacía. Había una mesa y una silla para la visita de deshoras. Y el cuartito era caliente, verdaderamente caliente. También había una sopa en la cocina, un pedazo de pan con mantequilla y media botella de vino. Pero al mismo tiempo pensé en mi casa limpia y me imaginé al viejo entrando y dejando caer sus ropas sucias sobre el suelo para meterse, sucio como estaba y lleno de pulgas, entre las sábanas limpias. Entonces cerré la puerta de golpe para sacar todo el malestar, el frío y la tormenta de la casa.
Dos días más tarde me encontré con el sepulturero, quien me mostró un lindo bastón tallado en madera. Me preguntó si quería comprarlo, ya que era lo único que había dejado el viejo José, a quien acababa de sepultar. Le dije que sí, cogí el bastón y le di unas monedas. Luego le pregunté como había muerto el viejecito. “No murió propiamente”, me contestó, “se congeló”.
Le pagué al sepulturero para que pusiera una cruz de madera sobre su tumba y me alejé pensando para mí mismo:
“Quizás Dios pueda perdonarnos lo malo que hemos hecho. Pero no nos perdonará lo bueno que no quisimos a hacer”.

Karl Heinrich Waggerl

 

 

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