El alfarero

La alfarería es un noble oficio, antiguamente fundamental para el quehacer diario en nuestras casas y actualmente ya casi en deshuso al limitarse para motivos ornamentales. He de decir que colecciono piezas antiguas y me apasiona, sobre todo al ver que no hay una pieza igual a otra y que cada una refleja el estado anímico del artesano alfarero que le dió vida. Cuando analizas las piezas de las distintas zonas, te das cuenta de que son el reflejo de la vida en ellas.                                                                                                                                 J.L.Soba

Familia de  La Atalaya, Las Palmas de Gran Canaria, Foto Carl Norman 1893

Familia de centro alfarero en La Atalaya, Las Palmas de Gran Canaria, Foto Carl Norman 1893

El alfarero

Pedro caminaba por aquellas familiares calles adoquinadas, como solía acostumbrar desde hacía apenas una semana. Casi podía sentir los guijarros bajo la suela de sus zapatos con cada pisada.                                                                                                                                          Pero aquella mañana, algo le apesadumbraba mientras dirigía sus pasos hacia la alfarería de su padre, “Alfareros y Hnos. Lanzani”.                                                                                    Su intención inicial había sido la de realizar el trabajo lo mejor que sabía. Al fin y al cabo, aún era tan sólo un aprendiz, tal y como le repetía su padre, tratando de infundirle confianza. Sin embargo, no estaba satisfecho con aquel botijo de formas irregulares. Si bien admitía que no le había quedado del todo mal, esperaba un resultado distinto del obtenido. Había puesto todo su empeño y coraje, entretanto daba vueltas al torno con sus pequeños pies, pues quería que su padre estuviera orgulloso de él.                                                        Embaucado por un remolino de pensamientos, llegó a la alfarería a tempranas horas de la mañana. El botijo se hallaba sobre la mesa central de la estancia, que despedía un envolvente olor a arcilla y cerámica. Estaba casi terminado, tras haber sido cocido en la jornada anterior. Su base era redonda como cabía esperar, y aunque su vientre era más ancho que aquélla, se estrechaba de nuevo antes de llegar a la parte superior, otorgándole en cierto modo un aspecto de ocho. Pintado de blanco, únicamente faltaba añadir la decoración.

Fue entonces cuando entró el padre:

—Hijo, ¿te inquieta algo? Normalmente sueles acudir al trabajo uno hora más tarde —dijo el padre al tiempo que echaba un vistazo al botijo.
—Papá, lo he intentado, pero no logro que quede perfecto contestó haciendo un ademán inconsciente de ocultarlo.
—Pedro, he de explicarte una lección esencial para la vida y hoy ha llegado ese día. Contempla ese botijo un instante, pero obsérvalo con los ojos del corazón, no con los que usas habitualmente.
El pequeño entrecerró sus verdes ojos intentando descubrir algo que se le hubiese pasado por alto.

—Verás, hijo, el botijo ya es perfecto, porque refleja todo el esfuerzo que has depositado en él, porque es único e irremplazable, porque sus imperfecciones lo hacen perfecto. La perfección no se presenta en el exterior de los objetos, es una idea que brota en nuestro interior, de nuestras creencias y percepciones de la realidad.
¿Qué es perfecto y qué no lo es? Sólo tú debes decidirlo…

Juan M. Lozano Gago

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