La Rioja vista por Gerardo Diego

Hoy día 9 de Junio, celebramos “El día de La Rioja” y en honor a ella quiero compartir el punto de vista que de nuestra tierra tuvo el gran poeta Gerardo Diego.                                Los viajes en la vida de Gerardo Diego son importantes y su poesía está impregnada de lugares, ambientes, paisajes y figuras de todos los rincones de España y de partes del mundo, a veces alejadas extraordinariamente de nuestra cultura o civilización.                   En el año 1972, ya en el ocaso de la vida de Gerardo Diego, se publicó “Cementerio civil”, libro que contenía cincuenta y un poemas, que si exceptuamos los veintiocho primeros, no tienen mucha relación unos con otros y que el autor venía escribiendo desde 1956. En el poema “Decir de La Rioja”, se muestra el interés por el tema del paisaje y de la tierra en Gerardo Diego. Con este poema el castellano viejo de Santander canta a La Rioja, la tierra por la que otrora pelearon aragoneses y castellanos, la tierra donde nació la lengua castellana, la tierra de Quintiliano, la tierra, en fin, donde Berceo alabará los milagros de la Virgen al compás de los aires monacales de San Millán.

J.L.Soba, basado en el artículo “Gerardo Diego por tierras de La Rioja” del Profesor Alberto Acereda Extremiana, Dept. of Romance Languages, Franklin College of Arts and Sciences, The University of Georgia, U.S.A, publicado en la Biblioteca Gonzalo de Berceo.

Castillo de Clavijo, La Rioja, foto: J.L.Soba

Castillo de Clavijo, La Rioja, foto: J.L.Soba

Así vió nuestra tierra y así nos la hizo poesía el genial poetas cantabro:

Decir de La Rioja

No sabe la que es vida quien en ti no reposa,
Rioja, de tan abierta, secreta y misteriosa,
sabor de los sentidos confirmando a la rosa,
estribo de los Ángeles que alzan a la Gloriosa.

Sí. Yo también quisiera loarte y romanzarte
y, sin pedir ni un sorbo al rubricar mi encarte,
¿un cantar? No, un decir, un dictado rezarte,
rozarte en vuelo bajo, tus registros pulsarte.

Un ábaco mis sílabas, tetragrama y razón.
Juan, Gonzalo, acorredme. Dobles de corazón.
bailas y semitonos de tan pausado son
hagan bajar los párpados y enlabiar la oración.

¿Te acuerdas? Me llamaste a izar tu primavera.
Ya verdeaba el soto su niebla tempranera,
y cantaban juglares su rima porque era
desde el balcón la hoja logroñesa y puntera.

Provincia prometida: mía al fin. Calendario
de las cuatro estaciones en torno al campanario,
sazón, témpora y temple, mi paraíso agrario.
Monje soy sin cogulla ni becerro o breviario.

Tus alamedas músicas, tus aguas de sonata,
tus rodales romeros, tus huellas de reata,
el cáñamo apretado de mi humilde alpargata
quisiera recorrerlas en total caminata.

Que ya desde el otero tu vastedad diviso
y oigo cantar al gallo su puntual compromiso,
subido a la veleta porque la luz lo quiso.
Doce quiquiriquíes enronquecen su aviso.

Y veo a la gallina, tan medrosa y pedresa,
y, azotando sus alas vuelan una toesa
los ánades rastreros, camino de la presa
y flechan golondrinas su flecha que no cesa.

Pero aunque me propuse no remontarme, «anda
-me tienta una voz íntima- por más alta baranda».
Pues, ¿cómo dominarte, Rioja, banda a banda,
sino a vista de águila por toda La Demanda?

Tiempo, espacio me alejan. Sierra de San Lorenzo,
que desde Urbión un día contemplé como un lienzo.
El mundo se estrenaba a mis pies: fue el comienzo
de este pasmo tan mío que no me avergüenzo.

Qué bultos y qué angostos de virginal relieve,
que aristas poderosas, qué olvidos de la nieve,
que verdes, rosas, cárdenos, qué azul de cielo leve,
tan leve que en sí mismo se disuelve y se embebe.

Y a bajar ya siguiendo las risas de tus ríos.
de Cameros al Ebro cantan sus desafíos,
torrentes, sombras, peces, remansos, pozos fríos.
Regatead los Siete Infantes, hijos míos.

Que el padre Ebro os llama, os urge y os devora.
Quién te ve y quién te vio en tu nacer sin hora,
cuando eras onda pura, inocencia sonora.
Quién te verá en La Rápita tragando sal traidora.

Os busco en Calahorra, aguas que memoraban.
Veo las dos cabezas mártires, navegaban
siempre a estribor por Calpe, Finisterre. Ya entraban,
horadaban la roca, en mi escudo anidaban.

Renacía el milagro a cada nueva luna,
y de los dos nombrados, el de mejor fortuna
se abreviaba en tres sílabas, ya para siempre cuna
que mece a mi poesía entre el muelle y la duna.

Quise, tierra de santos, sorguiñas y sagaces,
tierra de viña y huerta, de panes y de paces,
decirte estos loores cotidianos, solaces
de sus tercos trabajos, tus costumbres tenaces.

Te he dicho, no contado. Cuatro bueyes araron,
no grifos de Alexandre que el cielo alborotaron.
Cuatropeas pesadas terrones desbrozaron,
vía cuaderna y ancha con el rollo asentaron.

Gerardo Diego

Gerardo Diego (Santander, 1896 – Madrid, 1987) Profesor de literatura y de música, y sobre todas las cosas poeta español considerado una de las figuras más representativas de la Generación del 27.

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