Pequeñas Alegrías

Hermann Hesse (Calw, Wurtemberg, Alemánia, 1877 – Montagnola, Cantón del Tesino, Suiza, 1962), poeta, novelista y pintor alemán, nacinalizado suizo en 1924.                  Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1946, como reconocimiento a su trayectoria literaria. En su excepcional obra, encontramos novelas, relatos, poemarios y meditaciones, entre las que destacamos El juego de los abalorios, Demian, El lobo estepario, Siddhartha, etc. Su obra a pesar del paso del tiempo, sigue estando de total actualidad, demostrando que como todos los grandes genios, fué un visionario en su época.                                       Hoy quiero compartir un relato de Hermann Hesse, que teniendo más de cien años, está totalmente vigente, y que da nombre al libro “Pequeñas Alegrias”, escrito en 1899, su lectura es una excelente solución contra esta vorágine de prisas y estrés en que se ha convertido nuestra vida diaria, enseñándonos a disfrutar de las “Pequeñas Alegrias” que habitualmente no sabemos valorar.                                                                                       J.L.Soba

 

Parque del Carmen nevado, Logroño, La Rioja, foto: J.L.Soba

Parque del Carmen nevado, Logroño, La Rioja, foto: J.L.Soba

Pequeñas Alegrías

En nuestro tiempo una gran parte del pueblo vive en estado de insensibilidad y apatía. Los espíritus delicados sienten dolorosamente el impacto de nuestras formas de vida y se inhiben frente a la actualidad. En arte y en poesía, tras un breve período de realismo, se advierte por todas partes un clima de insatisfacción, cuyos síntomas mas claros son la nostalgia del Renacimiento y el neorromanticismo. “Os falta la fe”, clama la iglesia; “Os falta el arte” clama Avenarius. Es posible. Pero entiendo que nos falta ante todo alegría. El anhelo de una vida superior, la visión de la vida como algo jovial, como una fiesta, es lo que, en el fondo nos seduce tanto del Renacimiento. La sobreestimación aritmética del tiempo, la prisa como principio y fundamento de nuestro estilo de vida, es el más peligroso enemigo de la alegría. Con sonrisa nostálgica leemos los idilios y los viajes sentimentales de épocas pasadas. ¿Para qué anhelaban tener tiempo nuestros abuelos? Cuando yo leí la égloga de Friedrich Shlegel a la ociosidad, no pude sustraerme a este pensamiento: ¡cómo te habrías lamentado si hubieras tenido que trabajar como nosotros!

Este carácter vertiginoso de la vida actual ha ejercido sobre nosotros su nefasta influencia ya desde la primera educación; es triste, pero es inevitable. Lo peor es que la prisa de la vida moderna se ha apoderado ya de nuestras escasas parcelas de ocio; nuestra forma de gozar y divertirnos apenas es menos nerviosa y azacanada que la barahúnda de nuestro trabajo. “La mayor cantidad posible y la mayor celeridad posible”, es la consigna. La consecuencia de ello es el aumento constante de placer y la disminución progresiva de la alegría. El que ha asistido a una gran fiesta en ciudades o incluso capitales, o ha observado los tiempos de diversión en la urbe moderna, no puede menos que evocar con dolor y repugnancia los rostros enfebrecidos y los ojos vidriosos de la gente. Y este estilo de diversión patológico, aguijoneado por una perpetua insatisfacción y al mismo tiempo aquejado de un perpetuo hastío, se ha implantado también en los teatros, en la ópera, en las salas de concierto y en las galerías de arte. La visita a una exposición moderna rara vez suele resultar un auténtico placer.

El rico tampoco se ve libre de estos males. Podría escapar a ellos en teoría, pero en realidad no puede. Hay que participar, hay que estar al corriente, es necesario no perder altura.

Yo no dispongo de una receta universal, como no dispone nadie, contra esta situación deplorable. Pero quiero traer a la memoria una consigna nada moderna, muy vieja: El disfrute moderado es doble disfrute. Y: No desatendáis las pequeñas alegrías.

Moderación, por tanto. En determinados círculos se necesita tener valor para dejar de asistir a un estreno. En otros círculos hace falta valor par confesar que no se conoce una novedad literaria a las pocas semanas de su aparición. En muchos ambientes uno queda en ridículo si no ha leído el periódico del día. Pero yo sé de algunas personas que no se arrepienten de haber tenido este valor.

El que dispone de una plaza de abono en el teatro, no piense que va a perder algo por hacer uso de ella solo cada dos semanas. Se lo garantizo: saldrá ganando.

El que está habituado a ver cuadros en serie, haga la prueba, si todavía es capaz, de permanecer una hora o más delante de una obra maestra y darse por satisfecho para aquel día. Saldrá ganando.

Pruebas similares podrían hacer el lector empedernido. El lector se sentirá molesto, alguna vez, al no poder comentar una novedad. Alguna vez provocará sonrisas. Pero pronto será él quien sonreirá y sabrá a que atenerse. Y el que no pueda fijarse limitaciones en otros terrenos, pruebe adoptar la costumbre de acostarse a las diez, al menos una vez por semana. Quedará admirado de la espléndida compensación que recibe por esta pequeña tregua en tiempo y en placer. Con el hábito de la moderación se encuentra estrechamente vinculada la capacidad de goce para las “pequeñas alegrías”. Pues esta capacidad que originalmente es innata en toda persona, presupone ciertas cosas que en la vida moderna están atrofiadas y se van volatilizando, a saber, un cierto acopio de serenidad, de amor y de poesía. Estas pequeñas alegrías, que le son regaladas al pobre de un modo particular, son tan poca apariencia y se hallan tan desparramadas en la vida cotidiana, que los sentidos embotados de innumerables trabajadores apenas llegan a percibirlas. No llaman la atención, no son apreciadas, no cuestan dinero (paradójicamente, ni los pobres saben que las más bellas alegrías son siempre las que no cuestan dinero).

Entre estas alegrías están en primer lugar las provenientes de nuestro contacto diario con la naturaleza. Especialmente nuestros ojos, estos ojos tan maltratados, tan sobrecargados del hombre moderno pueden ser, si queremos, fuente inexhausta de delicias. Cuando yo salgo por la mañana a mi trabajo, diariamente caminan junto a mi o me salen al paso muchos otros trabajadores que acaban de saltar de la cama y marchan rápidos y ateridos de frío por la calle. La mayoría camina con prisa y tienen los ojos fijos en su itinerario o, a lo sumo, observan el vestir y la cara de los transeúntes. ¡Alzad la cabeza, amigos! Haced un esfuerzo para mirar… un árbol o al menos un trocito de cielo. No será un cielo límpido y azul, pero de alguna manera se puede siempre percibir la luz del sol. Acostumbraos a mirar al cielo cada mañana, por un momento, y sentiréis de pronto el aire en torno vuestro, el fresco matinal que se os regala en ese intervalo entre el sueño y el trabajo. Encontraréis que cada día posee su luz y cada alero de tejado su encanto especial. Demoraos un poquito en la contemplación, y os proveeréis para todo el día de un mínimo de bienestar y de comunión con la naturaleza. Paulatinamente se va educando el ojo, sin esfuerzo, para servir como mediador de muchas pequeñas sensaciones, para la contemplación de la naturaleza, de las calles, para captar la gracia innumerable del diario acontecer. De ahí hasta la visión educada para el sentido artístico resta solo el trecho más corto de camino; lo principal es el comienzo, el abrir los ojos.

Un trozo de cielo, una tapia de jardín desbordada de verde ramaje, un brioso caballo, un hermoso perro, un grupo de niños, un bello rostro de mujer… son espectáculos que no debemos dejar escapar. El que se ha iniciado en este ejercicio es capaz de descubrir en la ruta diaria cosas preciosas, sin necesidad de perder un minuto de tiempo. Este ejercicio no fatiga nuestros ojos, sino que los fortalece y renueva, y no solo ellos salen ganando. Todas las cosas poseen una faceta bella, aun las cosas feas o desprovistas de interés; solo hace falta saber mirar.

Y con la visión entra la jovialidad, el amor y la poesía. La persona que por vez primera corta una florecita para tenerla junto a sí durante el trabajo, ha dado un paso adelante en la alegría de vivir.

Frente a la casa donde yo estuve trabajando una temporada había una escuela de niños. Los niños rodeaban los diez años y su patio de recreo daba a este lado. Yo tenía que concentrarme en el trabajo y a veces me molestaba la algarabía de los niños juguetones, mas no es para decir la alegría que me proporcionaba una simple mirada al patio de recreo. Aquellos vestidos multicolores, aquellos ojos alegres, aquellos movimientos ágiles y llenos de vida incrementaban en mí las ganas de vivir. Una escuela de equitación o un corral de patos me hubiera producido seguramente un efecto similar. El que se ha detenido alguna vez a observar los juegos de la luz sobre una superficie monocolor, por ejemplo sobre el muro de una casa, sabe de las satisfacciones y goces que los ojos pueden proporcionar.

Vamos a contenernos en los ejemplos. Sin duda a más de un lector le ha venido a la mente otras pequeñas alegrías, tan exquisitas como aspirar el aroma de una flor o el vapor de la leche recién hervida con canela, escuchar la propia voz o la ajena o atender a las conversaciones infantiles. Entre ellas está también el tararear o silbar una melodía y mil otras minucias que pueden componer un bello rosario de pequeños goces para nuestra vida.

Hermann Hesse, Pequeñas Alegrías, 1899

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