Leyenda del Castillo de Valdemetría en Viguera, La Rioja

Castillo de Valdemetría, Viguera, La Rioja, foto: David Soba

Castillo de Valdemetría, Viguera, La Rioja, foto: David Soba

Viguera es un bello e histórico pueblo de La Rioja (España), puerta de la Sierra de Cameros, situado a orillas del río Iregua y a 22 Km de la capital Logroño. Tiene el privilegio de haber sido reino entre finales del siglo X y principios del XI en un periodo de su historia y de tener el castillo de Metría o Valdemetría.                                                  Hoy quiero compartir una bella leyenda, recopilada por Diego Ochagavía, desarrollada por estos bellos parajes naturales, en tiempos de guerra constante entre moros y cristianos, allá por el siglo VIII o IX de nuestra era.    J.L.Soba

Vistas desde el Castillo de Valdemetría, Viguera, La Rioja, foto: David

Vistas de Viguera, desde el Castillo de Valdemetría, Viguera, La Rioja, foto: David Soba

Leyenda del Castillo de Valdemetría en Viguera, La Rioja

Había el alcaide castellano de la fortaleza viguereña un joven hijo -a quien, como de alguna forma hemos de llamarle, diremos Ordoño- mancebo fuerte y gallardo, jinete consumado y valiente, buen guerrero y cazador avisado y contumaz, que era la luz de sus ojos, contemplado como futuro flagelador del enemigo. y señor del recinto.
También el jefe árabe del fuerte fronterizo -separados ambos por dos pendientes contrarias que el rio Iregua cose con la cinta de plata y la espuma de sus aguas- tenía una hija en la mejor edad -a la que, aunque mora, bautizaremos Zulima- bella como una primavera, gentil espigada, con talle como las palmeras de su desierto lejano, en la que depositó su corazón y en cuyo homenaje, con delicadezas orientales y primores de raza, ordenó construir el fino palacete que, junto a la fortificación que da acceso a las cuevas, todavía puede ser contemplado.
El paisaje, agreste y bravío, seducía a Ordoño, que en la caza tenia puesta su pasión. Sus halcones amaestrados no perdonaban paloma, liebre o perdiz, pero tal era su doma que, planeando por el espacio azul, alas extendidas y garras engafadas, volvían a la mano de su dueño, depositando la¡presa en la margen derecha del río, que cumplía imperturbable su misión de foso y frontera entre los dos territorios rivales. Por sus lindes discurrían senderos festoneados de álamos frondosos y altos chopos, verdes y rumorosos, que hundían sus raíces en el ancho caudal de clara linfa, cuyos remansos, centelleantes de luces, con marco de verdín, eran como espejos en donde se miraba la espléndida naturaleza, reflejando la mole de piedra, base del castillo inexpugnable, con sus rocas rojizas y bermejas que, junto al verdor romántico de las riberas, le hacían soñar, aunque, a veces e ignorando la causa, las tonalidades se suavizaban tomando el tinte violeta de la melancolía.
También a Zulima le atraían los paseos, especialmente en los otoños de suaves temperaturas, cuando la gama de colores hace del paisaje paleta de artista, que a todo el conjunto -hierba, piedra, luz y agua, todo lo eterno- lo eterniza y destaca. Percibía el tinte de las flores, el aroma de las rosas, gustaba los colgantes racimos, divertíale la ondulación unánime de los chopos dorados mecidos por la brisa, el tenue amarillento de las hayas en contraste con el rojizo de las hojas de vid, encarnadas y como ebrias por su largo contacto con la fuente del vino. Complacíanle el silbido de los mirlos, los arrullos de las tórtolas, hundir sus breves pies en el agua, hasta la que le conducían senderos plagados de rumores; el saltar de las truchas a la caza del cebo, contemplar las hojas desprendidas de las ramas, que zigzagueaban en el aire antes de ser arrastradas por la corriente hasta donde percibía su vista, y aún más allá, horizonte que quisiera alcanzar, porque también, y sin saber la causa, romántica y mujer, se ahogaba en su cárcel de oro y sentía sed de algo indefinido e inconcreto que le hacía odiar las alturas de su mansión, color de sangre en las puestas del sol, por traer a su corazón presagios de crueldades y de venganzas.
Un buen día ocurrió lo que había de suceder. Desde las opuestas márgenes se vieron, se contemplaron y se prendaron. Por un meandro del rio, recodo oculto y violento, el galán, saltando piedras del lecho del Iregua, pisaba territorio enemigo para postrarse, rendido y enamorado a los pies de la doncella. Ocultos en la espesura de la fraga se decían palabras de nardo y de miel que el rio y los robles guardaban en secreto. Sobre los viejos troncos grabaron a punta de daga, corazones y flechas que eran ejecutorias de juramentos y promesas. El río, a trozos remansado, y en otros impetuoso y violento, se llevó para siempre la melancolía y los presagios. Celosos de su amor, lo guardaban en secreto y eran felices, aun cuando en el fondo de sus pechos intuían dificultades para su proyectada unión. Las diferentes patrias, las distintas religiones y razas, la secular enemiga de los dos territorios, la dureza, la intransigencia y la aversión de ambos, su hostilidad, su odio y su ininterrumpida discordia, se ofrecían como barreras contra cuya firmeza se estrellaban sus afanes de dicha. Transcurrieron muchas lunas, pasaron fríos y borrascas, primaveras y estíos» y sin dejar traslucir el tesoro de su mutuo secreto -celosos Nibelungos guardadores del oro de su felicidad- pulsaron ambientes para recoger como fruto cosechas de amargura y desesperanza que mataron las bellas ilusiones forjadas, sus sueños dichosos, mientras creía incontenible la brasa del amor, atizada por el aire de sus ansias. Y plantearon la huida como solo remedio.
Junto al meandro de sus citas se abría una cueva espaciosa, con amplitud suficiente para ocultar dos monturas. La entrada disimulábase por cortina de enredaderas, cuajadas de campanillas,madreselvas y parra salvaje, de forma que nadie, a simple vista, podría descubrirla. Y en un apacible atardecer, cuando se tornaba negro el azul lejano de los montes y las tinieblas cáían sobre lo profundo del valle, nuestro héroe, portando en mano la rienda de los dos mejores alazanes de sus cuadras, cruzó el rio, los ocultó en la sima y trabó sus cascos, retornando al Castillo en espera del momento propicio para huir con su dulce compañera.
Los ecos de las herraduras, que la hondonada aumentaban, los percibío el centinela que, redoblando la vigilancia, ninguna huella pudo hallar en la negrura de la noche. Un tejón que allá tenía su madriguera, lo abandonó para marchar en busca de sustento. Al hacerlo rozó las trabadas patas de los caballos. Sabido es el espanto que este animal produce a las bestias que, encabritadas ya trancos, por la trabazón de sus remos, agitando las campanillas vegetales, que fieles a los amantes permanecieron mudas, con su fuerte y pavoroso relinchar, denunciaron su presencia. Los arneses dieron fe cumplida de su procedencia, e investigando con celo, el jefe árabe, hilo por hilo, dispuso de todo el ovillo de la trama. Hizo comparecer a su hija ante su presencia, recriminó su conducta, que motejó de traidora, y con un nudo en el pecho, cuyo dolor, la ira, el furor y la soberbia amortiguaban, la condenó a morir decapitada.
El galán, sin noticias, oteaba desde la opuesta fortaleza lo que en las cuevas -abiertas a la vista- acaecía, conjeturando males por el movimiento inusitado que en ellas observó, acrecentando su martirio la impaciencia, el temor y el aislamiento. Un cierto día que, desde el vértice más avanzado del imponente peñón, la mano por visera de sus ojos, pretendía descubrir el secreto, fue testigo de la ejecución, viendo caer la ensangrentada cabeza de su amada desde la alta cueva, que rodando detuvieron unos espinos nacidos al pie de la fortaleza. y fue tal su error, tan largo y angustioso el escalofrío de la muerte, tan intenso el espeluzno del miedo, tan agudo el estremecimiento y el espasmo de quien, sabiéndose responsable del crimen, no podía actuar en su remedio, que, maldiciendo al parricida y conjurando a su alma para que no pudiera gozar de descanso hasta que, ostensiblemente y por algún hecho extraordinario, borrase el tiempo las huellas de su acción, notó que el corazón se le hacia insensible, se convertía en piedra, como también se petrificaban sus miembros, quedando muerto, rígido y tieso, inmóvil y perenne, eterno contemplador del ara donde se inmoló su amor. Los fríos, las ventiscas y los duros hielos, con las gélidas brisas del Moncalvillo que los sostienen y perduran, lo momificaron, y ahí le podéis contemplar, impasible ausente a cuanto ocurra en su alrededor, pero presente y firme, obsesionado y seco, porque las lágrimas son sangre del alma y las rocas son inanimadas y tienen anquilosado el corazón, tenaz y constante en su mirar, sin tregua ni descanso, al rincón que fue el escenario de su drama.
Te anunciamos, lector amigo, que el monolito de la mano izquierda, rumbo a la sierra camerana, sería el protagonista de esta leyenda. Ya sabéis por qué; porque la sinceridad de los afectos y la firmeza de los sentimientos son proverbiales en los que nacieron en esta tierra.
Por si, curiosos e interesados, quisierais saber más, añadiremos que el anatema del petrificado se cumplió en todas sus partes. El padre sin entrañas murió pidiendo a Alá perdones por su culpa para poder entrar en el ofrecido paraiso de las huríes; y su alma encadenado al lugar de la tragedia, vagó y vagó, en busca del negado descanso. Unas veces en forma de blanca nube que, situada sobre la piedra rojiza, semejaba corona de martirio en loor de la infeliz sarracena; en otras, era niebla, tapando el valle con pretensión de encubrir los vestigios de su maldad; en ocasiones, negros celajes sobre el calvero del Serradero, que se resolvían en truenos, rayos y granizadas, como trasunto de desesperación y de venganza; suspiros misteriosos en las frondas, ulular del viento en las noches invernales, temblores en los cipreses, del cementerio, batir inesperado de campanas, golpes en los cristales a las altas horas de la madrugada para desvelar los sueños en súplica de una oración … hasta que, al fin, se produjo el suceso anunciado. Y en una limpia mañana del mes de abril del año 1929, cuando las huertas fecundas se vestían de novia, volaban las primeras mariposas y transcendía del ambiente un aroma de violetas y azahar, se produjo el hundimiento del voladizo de las rocas, en el que cavadas y arañadas se hallaban las cuevas, arrastrando en su caída parte de ellas y quedando como hoy la veis, chata, tajada y como cortada a golpe de alfanje, igual que se cercenó al testa de la víctima.
Los trozos de piedra que yacen en tierra, tapan la tumba de la mora enamorada y, borrando los vestigios, cubren el lugar donde al rodar paró su bella y sangrante cabeza. Pasad por estos fugares con respeto, porque allá duerme su sueño eterno la que murió por pasión, siempre, desde lejos, contemplada por su firme amante, que así cantan, todos los días y a todas horas, un himno a la fidelidad y al amor.

Diego Ochagavía

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4 respuestas a Leyenda del Castillo de Valdemetría en Viguera, La Rioja

  1. José María Tejado dijo:

    Hola José Luis Soba. Interesante entrada. La Leyenda del Castillo de Viguera o Valdemetria que recojes y plasmada por Diego Ochagavía es muy bonita, ciertamente.

    Lo único; un detalle pero que es principal y relevante: La identificación del Castillo.

    Según las investigaciones arqueológicas que estamos llevando a cabo en él, podemos ya decir que el Castillo de Viguera se encuentra en ese promontorio que has puesto en la foto de entrada en blanco y negro (Valdemetria). Existe otra fortificación al norte de Viguera, Peña Castillo con la torre superior (Peña Candil), ambas de finales del siglo XI/principios del XII, y que no son los restos del Castillo de Viguera. Te lo comento para intentar mejorar la entrada y evitar equívocos a tus lectores o por si quisieras hacer otra nueva con los datos actualizados… En el perfil de Facebook Castillo de Viguera# tienes información al respecto.

    Saludos

  2. Hola José María. Gracias por tu atención. Es algo que valoro mucho, pues coincidimos en una excursión organizada el 16 de Junio de 2018 por Iberplaco a los Dolmenes de Collado Palomero I y II, Chozo Blanco, Fuente Morena y Peña Saída.Pasamos una mañana genial y aprendí mucho con tus explicaciones.
    No entiendo muy bien lo que quieres decirme con las fotos, pues una es del castillo desde abajo, como tú dices y la otra, es una vista de Viguera, desde el Castillo.
    Me gustaría saber cuando se va a organizar alguna visita guiada al castillo, para disfrutar de tus explicaciones.
    Un saludo y espero que coincidamos.

  3. José María Tejado dijo:

    Hola,

    Perdona que no te recuerde de la visita que comentas… Haremos una visita guiada al castillo próximamente (el 28 de Marzo), acércate, nos presentamos y así nos conocemos personalmente.

    Lo que quiero comentarte (pero no me he explicado muy bien), es que en Viguera no hay dos castillos; el de Viguera y el de Valdemetria, como apuntas en el texto (primer párrafo). Ambos son el mismo. Lo que ocurre es que hay muchas fortificaciones en Viguera y ello (junto a algunas publicaciones incorrectas) hace posible el equívoco.
    De hecho, hasta la fecha hemos localizado cuatro fortificaciones (y hay más): El Castillo de Viguera o de Valdemetria, la fortificación de Peña Castillo junto con la torre de señales de Peña Candil, el Castillo de Castañares de las Cuevas, y la Fortificación de San Esteban. De cronologías diversas y características propias sería prolijo describirlas aquí.
    Hay publicaciones en prensa de algunas de ellas que aportarán datos al respecto.

    Por lo demás, comentarte que muchas gracias por tus palabras, te esperamos en las próximas jornadas de Puertas Abiertas de El castillo de Viguera. Colgaremos la información en el perfil de Facebook (Castillo de Viguera), que ya he visto que has visitado. Si le da a seguir, te informará puntualmente de las próximas visitas y actividades que desarrollaremos. Subiremos el cartel de la próxima visita en breve.

    Muchas gracias a tí.
    Nos veremos, seguro.
    Un cordial saludo

  4. Gracias José María, seguro que nos vemos, estaré atento a la visita guiada del 28 de Marzo.

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