“El precio de la muñeca”

Muñeca de porcelana, foto: J.L.Soba

Muñeca de porcelana, foto: J.L.Soba

“El precio de la muñeca”

Adolecida y modesta llegó una señora a Madrid al cabo de un penoso viaje para ver a su niña, asilada en un colegio magnífico y piadoso.
Es la nena enfermiza y débil, pobre capullo de la desventura que en el mísero hogar de la madre hubiese perecido; y abrazándola con ansias y dolor la humilde viajera le pregunta:
— ¿Qué quieres que te compre?… Voy a darte aguinaldos.
En la carita blanca, los ojos candentes y oscuros brillan temblando como dos luceros en una pálida nube, y Esperanza murmura:
— Quiero una muñeca.
Sus brazos se agitan ya en un instintivo movimiento de caricia y posesión, y la madre, viéndola sonreír y estremecerse bajo una ráfaga de alegría, decide volver muy pronto con el regalo.
* * *
Ya fuera del colegio hace una cuenta minuciosa y avara de su escaso caudal: tanto para la fonda, tanto para el tren, cuatro pesetas para la comida en el camino… Le quedaba un duro nuevo y lustroso donde relucía el regio perfil: era preciosa aquella moneda; tenía cierta solemnidad, cierta importancia nunca vista en otra semejante.
Con los ojos llenos de lágrimas, muy conmovida, la señora besó el precio de la muñeca, y la placa flamante quedó húmeda por el llanto sublime del gran amor; así purificado guardó la madre en el bolsillo su tesoro.
Y anda lentamente a lo largo de las aceras, detenida junto a los escaparates donde hay juguetes; las muñecas más hermosas le llaman la atención, mira los precios y sigue el camino suspirando.
***
En la calle Mayor un enorme bazar luce por las vidrieras su espléndida comitiva de monarcas: son los Reyes Magos, que reviven la historia celeste de un viaje maravilloso.
El indio Melchor, alto, fino, alba la vestidura como los cabellos, viene desde las fuentes del Ganges, en el Himalaya, y vio palpitar la estrella milagrosa en el lago de Lang Tso, adormecido al pie de la gigante cordillera. Habla el sánscrito, la primera lengua humana, que fue escrita, y viaja soñoliento, embebido en oraciones purísimas.
Gaspar el griego, hijo de atenienses, viene de Tesalia hacia el Septentrión de la famosa montaña del Olimpo; ha posado en los más insignes huertos del Oriente y ha visto reflejarse la anunciadora llama estelar en el golfo de Thermaic. Es un hombre blanco y rubio, con grandes ojos negros, inteligentes y asombrados. Su capa clarea sobre una túnica breve; calza las sandalias del peregrino y mece sus excelsas meditaciones como en una nave en el alto dromedal.
El rey moreno, Baltasar el egipcio, usa el cabello en trenzas, es proporcionado y membrudo, hermoso y grave como un Faraón. Ciñe el ‘”kamis” blanquísimo bajo el “aba” de estameña, y se cubre con el original “kufiyeh”. Estuvo en las montañas de Jebel, ha contado los “saat” del desierto y conoce los viñedos de Jericó. Nacido en Alejandría, predicó en las márgenes del Nilo al verdadero Dios que deseaba, y esperó la divina lumbre de la estrella en un rincón africano, sobre una solitaria montaña azul; camina extasiado en divinos coloquios, dejándose guiar por la resplandeciente maravilla de los cielos…
* * *
La madre pobre contempla la representación lujosa de estos gloriosos personajes y reconstruye mentalmente el prodigio. Está viendo las pulsaciones providentes del gran astro, el mágico estol de los viajeros, su llegada feliz al santo Portal y Su vuelta conmemorativa cada año al borde de las cunas con una carga de ilusiones para los niños.
También Esperanza recibirá esta vez su parte de alegría.
Precisamente allí, entre muchas cosas bellas y raras del equipaje real, hay un “bebé” con sombrero y vestido azul y un letrerito que dispone: “Cinco pesetas”
La señora le mira con placer pensando en el gozo de la nena cuando abrace aquel primer juguete de su vida. Entra en el bazar; con el acento pungido de emoción, señala y pide:
—Aquel “bebé” chiquitín.
Mete la mano en el bolsillo… y ante el asombro de la gente rompe a llorar con tremenda amargura: le han robado el duro majestuoso y brillante, el precio de la muñeca ennoblecido por el llanto sublime del gran amor. . .
***
Este robo no constará en ninguna Comisaria: es una hazaña menuda de raterillo vulgar: la moneda que estuvo por unas horas lavada y ennoblecida, caliente al lado de un corazón, ha vuelto a hundirse en el cauce de las cosas turbias, de las cosas frías que ruedan sin alma bajo la eterna palidez de lo prosaico y material.

Concha Espina

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